
En el océano se almacenan cantidades de dióxido de carbono hasta cincuenta veces más que en la atmósfera y veinte veces más que en las plantas terrestres.
Esta captura de carbono es un proceso natural mediante el cual ciertas plantas captan las emisiones de carbono de la atmósfera y lo almacenan durante miles y miles de años en el sedimento. Ese sería el arma letal para combatir el cambio climático según el Programa de la Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).
A este proceso se le llama Carbono azul porque el CO2 queda atrapado en los mares almacenándose en arrecifes de coral, bosques de manglar, fitoplancton, fanerógamas y otras humedades que contribuirían a la lucha por reducir el impacto del calentamiento global o efecto invernadero.
El ritmo de pérdida de los ecosistemas marinos es mayor que el de cualquier otro ecosistema. En promedio se pierde entre el 2% y el 7% de los sumideros de carbono azul por año, es decir siete veces más rápido que hace 50 años.
Es así que resulta necesaria la protección y conservación de los ecosistemas marinos, debido a que la mayoría de las políticas internacionales asumen el cuidado de los bosques como medida para el equilibrio ambiental, restando importancia a la gran capacidad que tienen los mares y océanos.