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Artículo: Punta Hermosa: Los inicios - Parte 1

Autor: Javier Castro D.
Publicado el: 08/06/2015

Una mirada personal al pasado de unos de los lugares más representativos de la tabla hawaiana en el Perú.

Javier Castro D. nos presenta un artículo especial dividido en cuatro entregas sobre su experiencia personal en uno de los distritos insignias del surfing limeño y peruano, Punta Hermosa. A continuación les presentamos la primera de cuatro entregas titulada “Los inicios”.

Desde que tengo uso de memoria Punta Hermosa estuvo siempre en el centro de mi corazón. Mis primeras memorias de mar se remiten allá por los primeros años de la década de los setenta.

Recuerdo los primeros veranos y los primeros días de playa de mi vida, con la familia y mis hermanas pequeñitas, recuerdo los primeros amigos, los primeros contactos con el mar, recuerdo a mi padre abrazándome fuerte entre las olas y zambulléndose conmigo bajo estas enseñándome a tratarlas con respeto, recuerdo la emoción.

Tengo grabado la memoria de un mar limpio, verde profundo, bravo y desafiante, pero sobretodo, recuerdo las olas. Esas olas de La Isla reventando allá al fondo, mucho más atrás de las campanas de Playa Negra, en la reventazón, en un lugar que para mi era lejano, inaccesible, peligroso y hasta misterioso.

Olas que me tenían bajo una especie de hechizo. Seguro que jugaba con la pelota de playa o con los baldes y con el “rascaplaya” haciendo castillos en la arena, seguro que me quedaba pegadazo y embarrado con el Vasito de lúcuma, el Eskimo o la raspadilla, seguro que jugaba a hacer bolas de arena y seguro que me acurrucaba al lado de mi mamá envuelto en una toalla tiritando de frío y las manos arrugadas por tanto estar en el agua pero con seguridad mi atención siempre regresaba a esas olas del fondo, siempre estaba observando a los corredores de olas con el rabillo del ojo, atento a sus actos heroicos.

Recuerdo ver a esos hombres bajar los olónes en sus tablas de colores cual semidioses y se me antojaban bajadas interminables, como si bajaran a otra dimensión y sentía vértigo con tan solo mirarlos. Desaparecían entre las espumas para luego reaparecer victoriosos sobre los lomos de las olas enormes arrojando cortinas de agua, dibujando las olas.

Yo para ese entonces tenía entre cuatro y cinco años pero ya me sentía irremediablemente atraído a esa actividad tan épica, tan cautivante y fue allí en esa playa donde empezó mi entrenamiento.

Primero con esa mini pititabla pequeñita para niños, esa que tenía forma de lágrima pero que no te hacía llorar si no sonreír. La colocaba al borde del agua hasta que las olas llegaban ya de diez o veinte centímetros a lo más y sentía como esta se levantaba bajo el influjo de las olillas y la tablita se movía algunos grados hacia la izquierda o derecha y sentía la excitación apoderarse de mi mente pequeña. Eran los primeros contactos con el glide, con el flow, con la fuente misma.

Después avanzaba un poco más sobre las olas y me echaba sobre la tablilla y estas me arrimaban nuevamente a la seguridad de la arena, raspándome e irritándome el pecho por la fricción, pero nada de eso importaba y volvía para buscar otra olita. Un par de veranos más tarde apareció la pititabla más grande, esa extraña tablita de tecnopor con forma de barco, alerones en el deck y un alma hidrodinámica en el flat. Con ella me aventure a bajar las olas de las campanitas primero y luego mis primeras olas en La Playita. Para ese entonces ya sabía nadar y negociar espumitas y me sentía como en casa en esos días chicos. Además éramos un manchón… Estaban los Gambetta, los Santa Cruz, los Polo, los Rondón, los Otero, los Pelosi, los Eskenazi, los Michilot, los Yañez entre muchos otros que ahora ya no recuerdo.

Cada uno andaba en su proceso personal, creciendo, experimentando, descubriendo el fascinante mundo de las olas y como interactuar con ellas, cada uno creando su propia interpretación del acto de correr olas.

A veces nos tumbábamos cuatro o cinco chibolos formando círculos en la playa para calentarnos con la arena luego de sesiones que duraban dos o tres horas y nos poníamos a representar y reproducir con palitos de helado y olas de arena las corridas más radicales de la mañana.

Luego nos pusimos creativos y personalizábamos nuestras pititablas pintándolas con diseños y colores representativos y hasta llegamos a hacerles pitas con elásticos y pedazos de cuero.

Ese proceso duro hasta los once o doce años y gracias a esas fantásticas naves acuáticas es que pude familiarizarme con las olas y su manera de moverse, de reventar. Llegamos inclusive a avezarnos a bajar los picos de Medio los días chicos con las pititablas y los más capos llegaban a arrodillarse en la tablita esta o inclusive hasta pararse.

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Texto y fotos por: Javier Castro D. / Olasperu.com

 

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