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Nuestra Historia [ más noticias ]  

Cerro Azul: Una playa de salón

Autor: Óscar Tramontana Figallo - Fragmento del Capítulo 9 del libro "Cinco Mil Años Surcando Olas".
Publicado el: 27/12/2003

They're anglin' in Laguna and Cerro Azul
They're kickin' out in Doheny too
I tell you surfin's runnin' wild, it's gettin' bigger ev'ry day
From Hawaii to the shores of Peru


THE BEACH BOYS (Surfin´ Safari)

Antes del Campeonato Mundial que ganara Felipe Pomar en Punta Rocas, en el año de 1961 para ser exactos, una rompiente legendaria se sumaría al puñado de playas donde los peruanos practicaban la tabla. El ambiente paradisíaco de la pequeña bahía de Cerro Azul, la perfección de sus ordenadas olas tubulares y el atractivo encanto del antiguo muelle hacían de este puerto un lugar de ensueño, un verdadero paraíso para los tablistas, pues ahí reventaba una ola perfecta que durante milenios sólo habían sido corridas por los delfines.

Mirko Lauer escribió algunas palabras sobre este lugar en una de sus novelas:

“Hay en el verano de Cerro Azul crepúsculos largos y deliciosos, que en verdad son secciones de noche que se resisten a llegar, en los que el mar decreta un silencio de maquinaria inmóvil y el puerto es una juguetería desierta. A eso de las nueve el aire ya parece estar devorando la luz del día siguiente. Pero a la vez cada nueva ola color de fósforo llega trayendo un nuevo, impalpable pliego de oscuridad”.

Esta playa, cuyas olas serían cantadas por los Beach Boys –en “Surfin´ Safari”, una de sus canciones más famosas- para hacer que su fama diera la vuelta al mundo, fueron divisadas por primera vez desde la Carretera Panamericana a fines del verano de 1961 cuando, regresando de su hacienda en Chincha, Mota Navarro y un grupo de amigos volvían a Lima. Un amigo de los Beach Boys, el famoso californiano John Severson, que entre otras cosas era el dueño de la Surfer Magazine (inicialmente llamada Surf), fue quien distinguió el oleaje estrellándose contra las rocas, y algo en el aire le hizo sospechar que las buenas olas estaban cerca. Severson se hallaba en Perú filmando un documental de tabla, y guiado por su espíritu aventurero convenció a sus compañeros a desviarse de la carretera y tomar rumbo hacia Cerro Azul.

Cuando llegaron a la orilla, se toparon con una playa que parecía dibujada por la imaginación del tablista más apasionado. A lo largo de la bahía, una pequeña ola se precipitaba desde la izquierda, luego de estrellarse contra una roca esculpida por el mar y el viento formando la imagen perfecta de un águila. Junto a Mota Navarro y John Severson, estaban algunos tablistas cuyos nombres bastarían para imaginar la película perfecta. Ellos eran Raúl Risso, Pocho Caballero, Carlos Aramburu, Joaquín Miró Quesada y Felipe Pomar. Parados frente al mar, los siete tablistas se quedaron horas mirando las olas, esperando que un cambio de mareas o un viento fuerte las hiciera crecer. Cayó la noche y los siete volvieron a la hacienda de Mota, para regresar al día siguiente, soñando con una crecida que les permitiera disfrutar del nuevo hallazgo. Al llegar el amanecer, el milagro había ocurrido: olas de metro y medio entraban ordenadamente en la bahía, deslizándose a lo largo de más de cien metros hasta llegar al muelle. John Severson instaló una cámara en el muelle y a una señal de Mota, todos entraron hacia la rompiente. Las olas que corrieron, las maniobras que hicieron, los tubos que se metieron y, especialmente, la película que Severson hizo de aquella memorable sesión, probaron que Cerro Azul era uno de los descubrimientos más grandes de la década.

Desde entonces, Cerro Azul ha sido y es la playa favorita de cientos de tablistas, algunos de ellos tan célebres como los hermanos Sergio y Carlos Barreda. La relación entre la playa de Cerro Azul y la familia Barreda es conocida por todos. Alrededor de 1962, construyeron la primera casa de playa en la hermosa bahía y doña Sonia, junto a sus hijos Sergio y Carlos, se convirtieron en los primeros tablistas en disfrutar permanentemente una de las olas más perfectas y legendarias del mundo. Inseparables, afanosos, talentosos e inigualables, el Gordo y el Flaco habrían de tejer pronto su propia leyenda, una leyenda cuyas primeras páginas se escribieron en los sesenta y en las olas de Cerro Azul. El Flaco Carlos era dueño y señor de las izquierdas, pero cuando el mar crecía y entraban las derechas, el Gordo Barreda saltaba desde el muelle y recorría centenares de metros dentro de secciones tubulares absolutamente perfectas.

No podemos evitar incluir aquí una anécdota memorable. Los hermanos Barreda estudiaban en el colegio Champagnat (cuna de tantos tablistas talentosos), y cada vez que el mar se ponía bueno, Joaquín Miró Quesada y Miguel Plaza pasaban a recogerlos al colegio, para llevárselos a disfrutar de las olas de buenas crecidas. Un buen día, el director del Champagnat llamó urgentemente a doña Sonia Barreda, para preguntarle qué iban a hacer sus hijos con su vida, correr tabla o estudiar; doña Sonia, con la elegancia que la caracteriza, miró al director de pies a cabeza, y respondió elegantemente: “Sergio, Carlos, agarren sus cosas porque nos vamos a la playa”.

Los hermanos Barreda terminaron el colegio sin mayores problemas, y pronto habrían de convertirse en dos de las figuras más importantes de la tabla nacional. Nadie duda, sin embargo, que gran parte de la experiencia que los llevó a convertirse en excelentes tablistas, se debió a las interminables sesiones de tabla que disfrutaron en Cerro Azul. En un excelente artículo escrito por Carlos “el Flaco” Barreda en 1967, encontramos una hermosa descripción de la rompiente sureña:

“Cerro Azul parece creado pensando en los tablistas; es el sitio perfecto, el que puede darles todo lo que buscan: olas, sol, ambiente. Es un sitio cerrado, una playa de salón; está aislado del resto del mar por unas rocas negras y puntiagudas, que se blanquean de espuma al reventar una ola. En la pequeña bahía el agua es tranquila como una laguna: sólo se destaca una perfecta formación de olas; todas siguen un orden establecido, comienzan y terminan en un sitio fijo, se van formando a una velocidad constante, son perfectas; no son grandes, son del tamaño que me gusta: un metro y medio de promedio; es la ola que yo puedo dominar en vez de ser llevado por ella, es donde puedo rendir todo lo que soy capaz, porque la ola ya hace todo lo que se le puede pedir. El sol de la tarde da a Cerro Azul un color dorado, una suave brisa de playa hace que las olas tengan una cabellera rubia al reventar; el agua es fresca y contrasta con la salada picazón del sol en mi espalda. Podría pasarme toda la vida corriendo estas olas, no se me puede hacer monótono; es lo más que puedo desear”.

Sentado en su consultorio de Miraflores, el doctor Carlos Barreda nos habló con amor de su adorado Cerro Azul. No hay sin embargo la necesidad de resumir sus palabras, ya que en su artículo lo expresa todo, con una prosa bella, elegante, impregnada de amor hacia la playa de su infancia. Todo el que haya corrido las olas de Cerro Azul estará de acuerdo en que la descripción del “Flaco” es perfecta, no le falta ni le sobra una sola palabra. Cerro Azul es exactamente tal y como él lo ve. El encanto de sus muelles, la facilidad de entrar en el point y volver caminando si uno lo desea, la regularidad de sus olas, todo está expresado en su artículo. Después de todo, los Barreda son los mejores conocedores de Cerro Azul, así que dejemos que el Flaco siga hablando:

“Me acuerdo, por ejemplo, de una semana entera, en mayo de 1966. Joaquín Miró Quesada, Ivo Hanza y yo en Cerro Azul, con olas de la mañana a la noche; olas perfectas día y noche: todo para nosotros tres. No creo que esto pueda suceder en otros lugares del mundo, donde muchas veces se ve docenas de tablistas peleándose a muerte por una miserable ola. Tenemos suerte, estamos mejor que ellos”.

Claro que, actualmente, uno va a Cerro Azul y se encuentra con docenas de tablistas peleándose por cada ola, pero en los sesenta la cosa era diferente. Las playas que hoy en día nos resultan más que familiares recién se habían descubierto, y un puñado de amigos podía disfrutar, para ellos solos, un día entero de olas excelentes, sin que nadie los molestara. Ese era precisamente uno de los grandes encantos de los años sesenta, el hecho de poder deleitarse con las buenas olas cerca de Lima, sin aglomeraciones ni multitudes. Ese encanto se va perdiendo, y cada vez uno tiene que irse más y más lejos para encontrarse a solas con el mar. Sin embargo, hoy puede ser tu día de suerte, quizá las olas están reventando en Cerro Azul y no haya nadie. Quizá, uno de estos días, puedas experimentar lo que es estar en el paraíso. Al menos las olas de Cerro Azul siempre estarán allí. Siempre te esperarán.

 

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