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La Destrucción de La Herradura: Una crónica sobre la estupidez humana

Autor: Óscar Tramontana Figallo - Fragmento del Capítulo 12 del libro "Cinco Mil Años Surcando Olas".
Publicado el: 18/12/2003

El año de 1983 se cometió una barbaridad que resultó funesta e irreparable para los tablistas peruanos. El energúmeno que por entonces era alcalde de Chorrillos, y de cuyo nombre no quiero ni siquiera acordarme, se embarcó en una insensata gesta revolucionaria proponiendo medidas tan absurdas como, por ejemplo, derrumbar el muro del Club Regatas para que todos los bañistas tuvieran acceso a las instalaciones del centenario club chorrillano. Dicha gestión jamás pudo realizarse, y el funesto alcalde, completamente despechado, dirigió sus histéricos ataques a la playa de La Herradura. Según el desdichado burgomaestre, construir una carretera que uniera La Herradura con la playa La Chira traería progreso al populoso distrito de José Olaya, y de esta forma, armado de bulldozers, caterpillars, palas mecánicas y cientos de obreros, perpetraron un crimen sin nombre, que no tuvo otro resultado que el de echar a perder una de las rompientes más maravillosas del mundo entero.

La Herradura era un balneario paradisíaco, el punto de encuentro de los tablistas peruanos con una de las olas más grandes, agresivas y perfectas de todo nuestro litoral, pero el terco funcionario edil, dejando de lado toda la tradición de esta playa de ensueño, dinamitó las faldas del cerro, destruyó el delicado equilibro del ecosistema donde lobos, cangrejos, delfines, peces y aves marinas habían vivido pacíficamente durante milenios, echando a perder para siempre una de las playas más hermosas del Perú.

Los veraneantes fueron los principales perjudicados, ya que las rocas que cayeron en el fondo marino luego de las salvajes detonaciones, fueron rápidamente arrastradas a la orilla por el mar, y el antiguo lecho de arena que hacía de La Herradura una playa tan agradable, pronto se convirtió en una horrible playa de piedras. Las legendarias olas de La Herradura seguían reventando, pero la calidad de las mismas nunca volvió a ser la misma.

César Aspíllaga, uno de los más grandes maestros en el arte de surcar los tubos de La Herradura, plasmó su indignación en un conmovedor artículo que fue publicado en la revista Tablista a inicios de los años noventa. Allí, César decía:

"Desde que pretendieron hacer la carretera hasta la playa La Chira, destruyendo la naturaleza que había, esta playa ha cambiado mucho empezando por las olas, que ahora sólo revientan cuando el mar está grande, y de una serie de seis olas, sólo una entra perfecta. Antes La Herradura reventaba cuando el mar estaba mediano, y de una serie de seis olas, cinco eran perfectas. Esta pista inconclusa, aparte de haber malogrado una de las mejores olas del mundo, porque lo era, también ha perjudicado a los bañistas que frecuentaban la playa, que era toda de arena. Ahora es una horrible playa de piedras. Los espectadores que quieren acercarse para ver mejor las olas y van caminando por esta pista, son presa de maleantes que deben venir de La Chira, ya que después de asaltar a la gente, se van por el lado de atrás del cerro. En esta obra se ha invertido mucho dinero y ha quedado abandonada. La Herradura ha sido una de las mejores olas del Perú y el mundo, y esto sólo lo saben los que las corrieron antes que la destruyan por gusto".

En las palabras escritas por César, uno puede leer la indignación y la impotencia que experimentaron nuestros mejores tablistas al ver que una de sus rompientes favoritas era destruida por la insensatez y los malos manejos de un inepto funcionario edil.

Yo fui compañero de carpeta del Chato Vinagre en el Champagnat, y sabía perfectamente que cuando él no iba a clases era porque La Herradura estaba reventando en todo su esplendor, licuando toneladas de agua marina para formar cavernas de agua celeste que se prolongaban desde la tercera sección hasta el campanazo en forma de tubos tan deslumbrantes como espeluznantes. Recuerdo claramente sus apasionadas descripciones de los tubos que se había metido en esos días, y nunca tuve ningún problema en ayudarlo con las tareas mientras él se tiraba la pera, con tal de que mi amigo siguiera desarrollando su talento y continuara contándome esas historias que, al final, terminaron convirtiéndome en el feliz tablista que ahora soy.

La Herradura, en efecto, se ha convertido ahora en una especie de playa fantasma. Atrás quedaron los días en que las chicas más hermosas del país bronceaban sus tersas pieles en el amplio colchón de arena blanca, observando a lo lejos las maniobras suicidas de los tablistas que mar adentro corrían libremente las olas más poderosas, explosivas y perfectas de toda la costa limeña.

La destrucción de La Herradura fue un atentado para el desarrollo de nuestro deporte, y uno no puede dejar de sentir rabia y envidiar a los que tuvieron la suerte de correr sus espléndidas olas antes del absurdo atentado municipal. Y esa pista infame, esa carretera insulsa que no conduce a ninguna parte, es ahora el más grande monumento a la estupidez e ineptitud de las personas que son insensibles al sagrado equilibrio de la naturaleza y al derecho que tenemos los tablistas de contar con los mejores escenarios posibles para practicar un deporte tan sano y ejemplar como lo tabla hawaiana.

Muchas de nuestras mejores rompientes pueden correr el mismo peligro, y creo firmemente que vale la pena recordar el atentado que se cometió contra La Herradura para que los tablistas peruanos sigamos unidos defendiendo nuestras rompientes contra la estupidez humana. Porque en el fondo, esas rompientes son nuestro hogar, y no podemos permitir que nadie destruya los lugares que justifican esa gran parte de nuestra existencia.

Las olas de La Herradura seguirán siendo de las mejores que hay en el Perú, pero jamás podrán compararse con las olas que mi amigo César Aspíllaga y tantos otros tuvieron el privilegio de surcar, aunque ese placer significara a veces tirarse la pera al colegio y abandonarlo todo por una inolvidable sesión de perfecto surf. Después de todo, ¿qué es la tabla sino el placer de comulgar con una naturaleza perfecta? La Herradura fue destruida y eso es irreparable, pero hagamos todo lo posible para impedir que se cometa el mismo crimen contra el resto de nuestras rompientes.

 

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