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Nuestra Historia [ más noticias ]  

La Visita de George Downing

Autor: Óscar Tramontana Figallo
Publicado el: 17/03/2004

Han pasado exactamente 50 años desde que el campeón hawaiano George Downing visitara el Perú para revolucionar los cánones de nuestro deporte.

Corría el verano de 1954 cuando el hawaiano George Downing visitó las rompientes peruanas. Los waikikianos, conscientes de la evolución de su deporte favorito, extendieron una carta al Outrigger Canoe Club de Hawai pidiendo que enviaran al Perú a su mejor exponente, para que se convirtiera en su instructor. En ese entonces, Downing acababa de ganar un importante torneo en la playa Makaha, y fue elegido unánimemente por los miembros del Outrigger para representar a los hawaianos en el Perú.

Hasta el día de hoy, los tablistas de esa época recuerdan con admiración las audaces maniobras de Downing quien, equipado con una ligera tabla de madera balsa forrada en fibra de vidrio, bajaba las olas de Kon Tiki con tanta facilidad como velocidad. Frente a la mirada de los tablistas peruanos, Downing desplegó todo su talento, y ayudado por la extraordinaria maniobrabilidad de su ligera tabla, cambió para siempre los conceptos que nuestros tablistas se habían hecho de su amado deporte.

Las personas que lo conocieron recuerdan a Downing como un tablista incansable, que se pasaba prácticamente todo el día metido en el agua, hecho que le sirvió para ganarse el cariñoso apelativo de “Patillo”, por su apariencia física y porque, al igual que esas inquietas aves marinas, se pasaba el día entero dentro del mar.

Desde que llegó al Perú, Downing se pasaba hora tras hora metido en el mar de Miraflores, sacándole el jugo a las olas que reventaban quinientos metros mar adentro, y desplegando todo el arsenal de maniobras que hasta entonces era posible hacer sobre una liviana tabla de madera balsa. Para empezar, Downing inauguró ante los ojos de los waikikianos lo que resulta ser el fundamento de la tabla moderna: correr sesgando las olas. Los tablistas peruanos miraban estupefactos la facilidad con que Downing bajaba por los tumbos de Miraflores y, a diferencia de los waikikianos que generalmente corrían la ola de frente, se inclinaba a un lado y al otro para correr paralelo a la ola, logrando esbozar sobre el lomo de la misma maniobras que entonces ni siquiera habían pasado por la imaginación de los muchachones miraflorinos.

Ocurría que la tabla de Downing, además de estar hecha con madera balsa, estaba equipada con una quilla que le permitía dibujar estas maniobras. El menor peso y la mayor maniobrabilidad de esta tabla prodigiosa explican perfectamente el asombro con que los waikikianos observaban las maniobras del campeón hawaiano.

Pasaron los días y Downing expresó su curiosidad al preguntar si no existían otras playas con olas más grandes donde él pudiera correr. Los socios del Waikiki se miraron entre sí, recordando la playa descubierta por Hal Mc Nichols y la accidentada incursión del verano de 1953. Al día siguiente Downing estaba parado en la orilla de Kon Tiki, listo para hacer frente a las olas que tanto desvelos había ocasionado en las personas de Pancho Wiese, Eduardo Arena y Piti Block. Con una sonrisa de satisfacción en el rostro, similar a la del viajero que se reencuentra con el oleaje de su propio país, Downing ingresó al mar de Punta Hermosa y tomó ese mismo día más de una docena de olas.

Los waikikianos no creían lo que estaban viendo. Despojado de unos sesenta kilos de lastre, por lo menos, Downing hacía lo que quería con su liviana tabla; las subidas y bajadas, además de las agresivas quebradas estuvieron a la orden del día, y los waikikianos tenían la impresión de estar contemplando un deporte completamente distinto al que por entonces ellos habían practicado.

Apostado en la orilla junto a sus dos inseparables compañeros Guillermo “Pancho” Wiese esperó a que Downing saliera para pedirle prestada su tabla, e iluminado por los últimos resplandores de la puesta de sol, se internó mar adentro, dispuesto a vencer de una vez por todas a las descomunales olas que se habían convertido en leyenda. Se acostó sobre la tabla, sintió la liviana sensación de flotabilidad que ésta tenía y, casi sin darse cuenta, llegó a la reventazón de Kon Tiki luego de algunas vigorosas brazadas. Una vez adentro, se apostó en el lugar donde reventaban las olas y esperó su turno. Allá en la orilla, Eduardo Arena y Piti Block contemplaban la escena, sin saber a ciencia cierta lo que iba a pasar con su amigo. Pero Pancho era un enamorado de las olas grandes, y había jurado que algún día dominaría las olas de Kon Tiki. El día había llegado, y poco después los waikikianos vieron cómo Pancho Wiese remaba en pos de la ola escogida, se situaba en el punto más crítico de la cresta de una ola de tres metros y descendía vertiginosamente, de pie, sobre la ligera tabla de madera balsa. Pancho llegó a la base de la ola e inclinó su cuerpo a un lado, sesgando la ola magistralmente, salió ileso de la tremenda detonación que estalló a sus espaldas y recorrió unos ciento cincuenta metros de dinamita pura, antes de salir a la orilla con una de las más contundentes sonrisas que la tabla le regalaría a lo largo de su vida.

Definitivamente, ese fue uno de los días más gloriosos del recordado Pancho Wiese, quien a partir de ese momento empezaría la carrera que lo llevaría a convertirse en uno de los más expertos corredores de ola grande del mundo. Algunos días después, cuando Downing regresó a su isla en Hawai, Pancho pagó la exorbitante suma de 120 soles de oro por su tabla. Pocos meses después, Pancho fue invitado a participar en un torneo de tabla a disputarse en Makaha, Hawai, convirtiéndose en el primer tablista en representar al Perú en un evento de tabla internacional. Gracias a su experiencia en las olas de Kon Tiki, nuestro campeón de ola grande llegó a clasificar quinto, poniendo el nombre del Perú en el portal del triunfo que en 1965 conquistaría Felipe Pomar, nuestro gran campeón mundial.

De este modo, y gracias a la memorable visita de George Downing, nuestros tablistas pudieron acceder a la solución que les permitiría fabricar tablas más livianas. Pronto, y gracias al lote de tablas que Eduardo Arena trajera de California, las tablas de madera balsa empezaron a proliferar, mientras las pesadas tablas de cedro eran desplazadas al desván de los recuerdos. Sin embargo, los aportes de Downing no se limitaron a esto. El hawaiano acababa de ganar un campeonato en Makaha, estaba habituado a esas competencias, y respondiendo a la necesidad que los peruanos teníamos de profesionalizar nuestro deporte, enseñó a los waikikianos las diferentes competencias que se acostumbraba hacer en Hawai. Es así como nuestros supieron de las extensas remadas de resistencia, las carreras de postas y las carreras de velocidad que se celebraban en las costas hawaianas. Gracias a estos conocimientos, generosamente impartidos por el campeón hawaiano, se dieron las condiciones necesarias para que se celebraran en 1954 los primeros campeonatos y al año siguiente, en 1955, el Primer Campeonato Nacional.

 

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