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Nuestra Historia [ más noticias ]  

El Descubrimiento de Kon Tiki

Publicado el: 08/03/2004

Luego de disfrutar durante toda la década de los cuarenta de las olas que reventaban en Miraflores, nuestros tablistas empezaron a buscar mejores olas donde deslizarse sobre sus pesadas tablas hawaianas. Y fue en ese momento cuando entró en acción de Hall Mc Nicholls, un piloto norteamericano de la desaparecida aerolínea Panagra, en cuyas venas corría ese ilimitado amor a las olas que tenemos todos los tablistas. Encargado de cubrir la ruta que unía California con el Perú, Mc Nicholls había trabado amistad con los tablistas del Waikiki, con quienes corría olas frente a Miraflores cada vez que tenía la suerte de pasar algunos días en Perú. No era lo que se llama un gran tablista, pero el aporte que estaba destinado a darnos es suficiente para recordarlos con cariño y gratitud.

Bien, una mañana del verano de 1953, Hall Mc Nicholls y su amigo y copiloto Richard Green sobrevolaban las aguas vírgenes de Punta Hermosa, accionando el fuselaje de su avión para aterrizar en el aeropuerto de Lima cuando, bajo sus ojos, vieron nítidamente desplegada una asombrosa serie de olas que corría velozmente sobre el mar azul, describiendo una trayectoria impecable. Durante los meses de invierno, cuando el impenetrable manto de niebla se cierne sobre nuestra ciudad, Mc Nicholls había creído distinguir algo allí abajo, pero ahora, bajo el sol radiante y el cielo despejado de febrero, ya no le cupo la menor duda. Sobrevoló al ras de la deslumbrante rompiente y comprobó que las olas tenían buena forma, excelente tamaño y que reventaban generosamente en medio de la hermosa bahía. Entusiasmado por su descubrimiento, aterrizó en el aeropuerto Jorge Chávez, que entonces se hallaba en Limatambo, y esperó pacientemente que bajaran todos sus pasajeros para tomar por asalto el primer taxi y dirigirse inmediatamente en busca de sus amigos del Club Waikiki.

Eran las cuatro de la tarde y los waikikianos reposaban en las instalaciones de su club viendo cómo Carlos Dogny, mar adentro, paseaba sobre sus hombros a una de las chicas más bellas de la temporada, cuando vieron llegar al gringo Hall, con la corbata de su uniforme desanudada, el saco bajo el brazo, el sombrero en la mano y una enorme sonrisa estampada en su colorado rostro.

—Hey amigos, yo cree haber descubierto uno buena playa al sur— dijo Mc Nicholls, utilizando su mejor español. Y bastaron estas palabras para que pronto se viera rodeado por una legión de tablistas. El gringo se había ganado el cariño de los waikikianos y ellos sabían que jamás podría jugarles una broma con una cosa tan seria, así que le prestaron la mayor atención posible. Allí estaban, entre otros, el gran Eduardo Arena, Guillermo “Pancho” Wiese y un inquieto adolescente al que las noticias del Mc Nicholls habrían de cambiarle la vida para siempre: Pitty Block.

El “Gringo”, como cariñosamente llamaban los waikikianos a Mc Nicholls, se explayó en una larga descripción de las olas que había visto, y convenció al grupo de que era perfectamente capaz de llevarlos hasta allí. “¿Por qué no?” dijo Dogny, e inmediatamente el grupo se puso a planear los detalles para la expedición. Partirían al día siguiente, llevando las tablas en un camión, y llevarían consigo a los tableros del Waikiki para cargar las tablas hasta la orilla de la playa. “Gringo, ¿estás seguro que sabes cómo llegar?”, inquirió uno de los tablistas peruanos. Y el gringo, como si hubiera estado esperando esa pregunta toda su vida, contestó.

—Yo estar completamente seguro. Al sur, treinta millas. No poder fallar.

Es muy probable que varios de nuestros tablistas no pegaran el ojo esa noche. La descripción que les había dado Mc Nicholls había sido minuciosa, alucinante, y un murmullo de admiración había rebotado sobre las piedras de la playa cuando el “Gringo” dijo: “esas olas ser como las de Makaha en Hawai”. La idea de encontrar una rompiente que les brindara mejores olas que las de Miraflores había rondado al grupo desde hacía algunos años, y los más jóvenes, entusiasmados con ciertas películas y revistas que habían visto, acariciaban esa posibilidad como el más preciado de los sueños. Ya verían al día siguiente, mientras tanto, lo importante era dormirse temprano, ya que habían quedado en reunirse a las seis de la mañana frente a la casa de Carlos Dogny.

Al día siguiente, la caravana partió puntualmente rumbo a la playa secreta. El “Gringo” iría en el carro de adelante, guiando a los demás. Embargados por la emoción, los waikikianos sentían en el aire ciertas vibraciones que les anunciaban que algo importante estaba a punto de pasar, y en el camión, las viejas tablas de cedro entrechocaban sus viejas cuadernas produciendo un ruido de expectación. “Treinta millas al sur”, había dicho el “Gringo”; eso equivalía aproximadamente a 45 kilómetros. ¿Sería posible? La caravana tomó la delgada línea de asfalto que era entonces la Carretera Panamericana y se dirigió al sur. Cruzaron los Pantanos de Villa y atravesaron la desolada franja de desierto que corría paralela a Conchán. A lo lejos, se veía estallar las olas gigantescas de esa playa, y todo parecía indicar que el mar había crecido considerablemente desde el día anterior. Tras dos horas de viaje, luego que el “Gringo” hiciera parar un par de veces la caravana para consultar un mapa que le habían pasado, llegaron a la aldea de pescadores llamada Punta Hermosa. La caravana se detuvo al borde de la carretera y nuestros tablistas vieron al “Gringo” bajarse del auto, correr hacia el borde del acantilado para, inmediatamente, ponerse a saltar como loco llamando a todos sus amigos para que vieran el espectáculo. Parados al borde el camino, nuestros tablistas siguieron la dirección en que apuntaba el brazo de Mc Nicholls y observaron, absortos en una especie de contemplación mística, la elegante línea de olas que barría la bahía.

Por aquellos días, Punta Hermosa estaba muy lejos de ser el populoso balneario que es hoy en día. Fuera de la pequeña aldea de pescadores, no existía ni una sola casa, y la carretera pasaba frente a la bahía indiferentemente, sin que alguna pista de tierra les permitiera a nuestros tablistas llegar hasta la orilla. “¿Y ahora, cómo bajamos las tablas?”, preguntó alguien, antes que Pitty Block, ayudado por dos de los tableros, arrojara una de las tablas cerro abajo. La pesada estructura de madera se deslizó por la cuesta de arena y llegó a nivel del mar sin mayores contratiempos. Inmediatamente, fue seguida por las demás tablas. En medio del entusiasmo, el “Gringo” se olvidó del poco español que conocía y se puso a vociferar en inglés frases ininteligibles entre las que nuestros tablistas a veces reconocían palabras aisladas como “Makaha”, “Giant Waves” “Banzai” y “Big Surf”. Pronto, la manada de tablistas estaba en la orilla, lista a ingresar por primera vez a las aguas de Punta Hermosa. Cierto espíritu de grupo, que a decir verdad siempre animó a los valientes fundadores del Waikiki, se puso en funcionamiento inmediatamente, y sin que nadie pronunciara una palabra, todos los tablistas entraron juntos por la orilla. Las olas reventaban mar adentro, muy lejos de la orilla, pero muchos de ellos eran grandes remadores y sin quererlo se enfrascaron una feroz competencia por ver quién era el primero en llegar a la rompiente y atrapar una de esas enormes olas. Vistas desde la orilla, las olas lucían como lejanas espumas que barrían la superficie marina en medio de la bahía, recorriendo a veces distancias de 100 y 200 metros.

Aunque solo tenían las viejas y pesadas tablas de los años cuarenta, algunas de las cuales todavía andaban por los ochenta o noventa kilos, los waikikianos remaban con toda su fuerza, a medida que se acercaban a las olas descomunales que, viniendo desde mar adentro, amenazaban con tragárselos con tabla y todo. Cuando llegaron a la reventazón espuma, cada tablista eligió su propio rumbo. En la medida de lo posible, trataron de bregar sin que alguna ola los atrapara, ya que nunca se habían enfrentado a un oleaje de semejantes proporciones y la orilla se veía muy lejana, casi inalcanzable. De pronto, cuando llegaron a la frontera de la rompiente, el mar se calmó, y nuestros tablistas doblegaron sus esfuerzos para alcanzar la reventazón. Esta se mantuvo en calma durante un rato, lo cual les permitió acercarse entre ellos, pero ya Dogny se había adelantado y asumiendo su rol de vanguardia se aprestaba a tomar la primera ola de la serie, una verdadera montaña de agua de aproximadamente cuatro metros de altura que por un momento pareció ocultar el cielo. Con su valentía a prueba de tormentas y su ilimitado amor hacia nuestro maravilloso deporte, Dogny atrapó la gigantesca ola, llegando a bajarla y correrla con éxito, aunque con muchísima dificultad. La escasa maniobrabilidad y el peso excesivo de la tabla hacían que la experiencia fuera extremadamente peligrosa, ya que la tabla bajaba como un peso muerto y la fuerza inaudita de las olas aumentaba el riesgo de recibir un golpe fatal.

Los valientes que estuvieron en aquella mítica jornada cuentan que cuando Dogny llegó a la orilla, pronunció solemnemente esta frase: “Estas olas no se pueden correr”. Y efectivamente, con las tablas que entonces tenían nuestros tablistas, resultaba prácticamente imposible dominar esas olas huecas, grandes y rápidas que, con el paso del tiempo y la llegada de nuevas tablas, convertirían a Kon Tiki en una de las playas favoritas para la práctica del surf en Ola Grande. El nombre de Kon Tiki fue un homenaje a la portentosa expedición que realizó Thor Heyerdhal en 1951, cuando a bordo de la balsa llamada Kon Tiki unió las costas peruanas con las islas de Polinesia.

Cuentan algunos de los tablistas que estuvieron presentes en la memorable jornada, que la primera serie de olas literalmente barrió con todos (Hall Mc Nicholls incluido), pero que sin embargo, el entusiasmo y las ganas de dominar el salvaje oleaje pudieron más que las precauciones, y nuestros tablistas, exponiendo sus vidas al peligro de esas aguas desconocidas, lograron vencer el oleaje y convirtieron a la nueva rompiente en una de sus playas favoritas.

Han pasado más de 50 años desde aquel mítico día y cuando los tablistas visitan Punta Hermosa prefieren correr las olas de La Isla y Punta Rocas, pero si un día de estos te animas a probar lo que es un drop espeluznante, rema desde la orilla hasta llegar a Kon Tiki, y comprenderás por qué nuestros primeros tablistas convirtieron a esa ola en una de sus favoritas.

 

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