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Nuestra Historia [ más noticias ]  

El descubrimiento de Pico Alto: En las montañas de la locura

Autor: Óscar Tramontana Figallo - Fragmento del Capítulo 10 del libro "Cinco mil años surcando olas".
Publicado el: 04/12/2003

El éxito del Primer Campeonato Mundial de Tabla realizado en Punta Rocas desató una verdadera ola de furor entre los tablistas peruanos. Ni uno solo de los tablistas extranjeros que llegaron a competir en la gran competencia mundial dejó de elogiar la excelente calidad de nuestras olas, y muchos de ellos deslizaron la sugerencia de que nuestros tablistas podrían encontrar rompientes fascinantes si es que se lo proponían. Hoy en día, el Perú ya es reconocido como uno de los más importantes emporios de olas en el mundo, pero entonces, a mediados de la década de los sesenta, tres eran las playas que generalmente se corrían en nuestra costa: Waikiki, Kon Tiki y Punta Rocas.

Pronto, el ansia por encontrar mejores rompientes despertó el instinto aventurero de nuestros tablistas, quienes desarrollaron un tremendo olfato para buscar, reconocer y descubrir playas que hoy ya son legendarias. Una de las primeras en descubrirse fue la descomunal rompiente de Pico Alto. Situada mar adentro, a la altura del kilómetro 43 de la Panamericana Sur, esta rompiente seducía la mirada de nuestros avezados surfistas, insinuándose a la distancia como una salvaje reventazón de olas inalcanzables. Todos, en algún momento, llegaron a fantasear con la idea de correr esas olas que, vistas con prismáticos desde la orilla, parecían gigantescas montañas de agua. Fue necesario, sin embargo, que un grupo de tablistas suicidas asumieran el reto de probar suerte en la lejana reventazón.

Y fue así como, el 29 de junio de 1965, para ser precisos, Joaquín Miro Quesada convenció a sus amigos Miguel Plaza y Francisco Aramburú de probar lo que hasta entonces era considerado como un imposible. Cansados de ser simples espectadores, estos tres tablistas legendarios cogieron ese día sus tablas, sobrepasaron las rompientes de Kon Tiki y se internaron mar adentro, en pos de las descomunales olas que, en la distancia, se levantaban majestuosamente como amenazantes tsunamis. A medida que dejaban atrás la orilla, fueron presa de furiosas corrientes, pero su afán por salir de dudas y probar si esas lejanas espumas eran corribles les ayudó a sobreponerse a las mareas y a encontrar un canal que les permitiera alcanzarlas. Cuando las tenían relativamente cerca, sintieron por primera vez el trepidante rumor que puede producir una serie de olas que transporta toneladas y toneladas de agua salada, pero no se amedrentaron, y siguieron remando. De vez en cuando, miraban hacia la orilla, y sólo podían distinguir una costa lejana, con muy pocos puntos de referencia que les ayudaran a ubicarse. Luego de remar una media hora, los tres aventureros llegaron al corazón de la rompiente, y sus ojos no dieron crédito a lo que estaban viendo. Frente a ellos, las enormes murallas de agua se levantaban del agitado lecho marino, para elevarse en forma de montañas que estallaban sobre sí mismas produciendo un estruendo aterrador. Luego de contemplar un par de series sentados sobre sus tablas, flotando a la deriva como hojas que lleva el viento, los tres audaces deportistas decidieron enfrentarse a la rompiente. Una vez colocados en el punto donde estallaban los tsunamis, los tres amigos se dispusieron a correr las olas más grandes de su vida.

El primero en lograrlo fue Joaquín, quien despareció de la escena luego de descender a una velocidad vertiginosa por el lomo interminable de una ola de seis metros. Ni Pancho ni Miguel habían visto en sus vidas olas semejantes, pero siguiendo el ejemplo de su amigo, dominaron sus propias olas, y se enfrentaron con éxito a las largas murallas de agua que, milagrosamente, reventaban con un orden y precisión divinos. Pasaron la tarde entera cabalgando en las montañas de la locura, y decidieron unánimemente bautizar a la gigantesca rompiente con el significativo nombre de Pico Alto.

A partir de este descubrimiento, los tablistas peruanos tuvieron acceso a una ola que, por sus características, podía compararse a las legendarias olas de Waimea y, como buenos amantes de las olas grandes, convirtieron a Pico Alto en su playa favorita. Desde entonces, una legión de tablistas vive contando los días, mirando las condiciones del mar y esperando pacientemente que llegue la gran crecida, para tentar suerte y correr al menos una ola en la mítica rompiente.

En un artículo escrito por Miguel Plaza en 1967, encontramos una de las primeras descripciones de Pico Alto:

“El punto donde se cogen las olas está bastante distante de la playa. Tal vez a unos diez o veinte minutos de la orilla a un ritmo de remada normal, sin tener en cuenta el tiempo que se pierde al entrar, pues cabe la posibilidad de estancarse en una de las reventazones de la playa que ahí existen. Una vez adentro, el ubicarse no es tan sencillo, pues la rompiente está ubicada en el medio de una bahía rodeada de cerros de arena, y los únicos puntos de referencia que existen no son muy claros, y además es muy fácil que la corriente aleje al tablista del lugar indicado. A pesar de que la ola siempre entra por la misma dirección y revienta bastante parejo variando solamente por el tamaño, la ubicación es algo que requiere de mucha exactitud, pues la rompiente tiene a ser muy variable a la vista del tablista que no conoce el lugar, lo cual lo pone en una situación de poder ser cogido por una ola entre series en caso de estar fuera de sitio”.


Debemos tomar en cuenta que cuando se descubrió Pico Alto, no existía ni remotamente algo que se pareciera a la pita, y los tablistas que sufrían una caída generalmente debían regresar a la orilla nadando, en agotadoras travesías marinas que, a veces, podían tomar una hora completa. La crónica de Miguel Plaza, además de ser extremadamente valiosa ya que fue escrita por uno de los hombres que inauguró Pico Alto, ofrece al lector una serie de consejos en caso de caer en una ola gigante, y es casi un manual de supervivencia para los corredores de ola grande. En algún momento, dice: “Pico Alto no es un lugar para inexpertos”. Y de hecho, su frase es cien por ciento real. Quien tenga años practicando tabla, un físico envidiable y unas ganas desesperadas de experimentar la sensación de bajar una montaña de agua, que vaya a Pico Alto, pero de no ser así, más le vale quedarse en la orilla contemplando el espectáculo a través de un telescopio.

 

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