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Nuestra Historia [ más noticias ]  

Nuestra Historia - Las playas y los tablistas de Lima en los setenta

Autor: Óscar Tramontana Figallo / Fotos: Local Magazine y La Mesa de La Herradura
Publicado el: 02/02/2011


La Herradura - Cortesía de Local Magazine y La Mesa de La Herradura


Con nuevas tablas, nuevas herramientas y con el prestigio de pertenecer a una de las potencias mundiales del deporte acuático, los tablistas peruanos abordaron la década de los setenta como si fuera una ola maravillosa, y corrieron en ella a lo largo de diez inolvidables años. Aquí, les presentamos una visión de las playas limeñas en la década prodigiosa de los setenta.


La Herradura - Cortesía de Local Magazine y La Mesa de La Herradura


FRAGMENTO DE 'CINCO MIL AÑOS SURCANDO OLAS', DE ÓSCAR TRAMONTANA FIGALLO

Uno de los aspectos más importantes y polémicos de los años setenta fue la construcción del Circuito de Playas de la Costa Verde. Cuando el alcalde Luis Bedoya Reyes emprendió la construcción de la Vía Expresa, se decidió que todas las toneladas de tierra excavadas a lo largo de la ciudad capital fueran llevadas a los acantilados de Lima, para ganarle terreno al mar y formar una costa artificial. Durante meses, camionadas y camionadas de desmonte fueron trasladadas, bajando por la quebrada de Armendáriz, rumbo al Club Regatas, formando una vasta explanada que más tarde sería llamada con el nombre de Costa Verde. La millonaria inversión, fue continuada por el alcalde Eduardo Dibós, quien se encargó del tramo Armendáriz-La Pampilla, cambiando por completo la faz de nuestra costa.


La Herradura - Cortesía de Local Magazine y La Mesa de La Herradura


Antes de eso, sólo existían seis balnearios en la costa de Lima, de Norte a Sur: Cantolao, Magdalena, Miraflores, Barranco, Chorrillos y La Herradura. Hasta la década de los sesenta, los bañistas utilizaban diferentes vías para llegar a cada uno de estos destinos, pero a partir de la construcción de la Costa Verde, la explanada artificial generó el nacimiento de varias playas nuevas y cambió para siempre el escenario donde transcurrieron los primeros días de la tabla nacional. Los waikikianos, por ejemplo, recuerdan que para llegar a La Pampilla debían embarcarse en largas y peligrosas remadas, y corrían las excelentes olas de esta rompiente, en cuya orilla se veían cuevas amenazadoras e inaccesibles. Lo mismo sucedía para llegar a Redondo, y muchos recuerdan la sorpresa que se llevó Rafael Berenguel cuando tomó una ola tan grande en el Club Regatas, que lo llevó a lo largo de toda la bahía de Chorrillos, hasta desembocar en las aguas de los Baños de Barranco, donde conoció a los entusiastas tablistas del Topanga.


La Herradura - Cortesía de Local Magazine y La Mesa de La Herradura


LAS PLAYAS Y LOS TABLISTAS LIMEÑOS EN LOS AÑOS SETENTA



Antes de la construcción de la Costa Verde, Chorrillos contaba con sus propias playas: La Herradura, Regatas, Agua Dulce, Triángulo, Ala Moana y Lainakea (estas últimas dos rompientes fueron destruidas impunemente por el nefasto Fernando Bertie y su grotesca Marina de Barranco); mientras que Barranco contaba con Barranquito, Las Conchitas y Los Pavos; Miraflores disfrutaba de las olas de Redondo, Makaha, Waikiki y La Pampilla; y el Callao contaba con las aguas de Cantolao. Cada uno de estos distritos tenía sus propias playas, pero con la decisión de unirlas a todas mediante una red vial, una considerable serie de cambios alteraron para siempre la faz del litoral limeño. Para empezar, el desmonte acumulado frente a las playas perjudicó notablemente el fondo marino, modificando las olas para siempre; además, para contener la furia marina, los ingenieros municipales se vieron obligados a construir enormes rompeolas, los mismos que ahora pueden verse a lo largo de la Costa Verde. Estos rompeolas tenían, como su nombre lo indica, la misión de contrarrestar el embate de las olas que naturalmente llegaban a las orillas, de modo que las explanadas artificiales no se vieran afectadas por el oleaje. En pocas palabras, lo que se buscaba era domesticar el mar para construir una carretera que uniera todas las playas.


La Herradura - Cortesía de Local Magazine y La Mesa de La Herradura


Antes, cuando no había rompeolas ni carretera, las olas reventaban mar adentro, y tenían, sin exagerar, el doble del tamaño que hoy exhiben. ¿Cómo explicar, si no, que Waikiki haya sido una playa tan famosa, una playa en donde se podían atrapar olas de hasta tres metros de altura y correr una extensión aproximada de medio kilómetro? ¿Se imaginan lo que era Pampilla antes? Incluso en el Regatas, según los testimonios que hemos recogido, reventaba una ola espectacular, de casi dos metros de altura y perfectamente tubular, larga como las olas de Bermejo. Triángulo, cuando el mar se ponía grande, era una rompiente de ensueño, como lo fueron Ala Moana y Lainakea antes de la catástrofe perpetrada por Bertie y sus secuaces; y Barranquito fue durante años la cuna de varios de nuestros mejores tablistas. Las reventazones de Makaha y Barranquito, situadas mar adentro, ofrecían al tablista emociones extremas, con olas que llegaban, en un buen día, a los tres metros de altura, y Makaha, sin ir más lejos, tenía una excelente sección tubular.


La Herradura - Cortesía de Local Magazine y La Mesa de La Herradura


¿Qué ha quedado ahora de todo eso? Barranquito ya no satisface a nadie, La Pampilla no es ni siquiera el pálido reflejo de lo que alguna vez fue; y tendríamos que esperar un tsunami para atrapar en Waikiki una ola de dos metros. Los tiempos anteriores a la Costa Verde fueron muy diferentes a los nuestros, y es preciso que nuestros lectores lo sepan para que se den una idea de lo que alguna vez tuvimos y hoy ya es sólo recuerdo; es preciso que lo sepan para que entiendan por qué el Gordo y el Flaco Barreda, al igual que decenas de tablistas de los años sesenta y principios de los setenta, se pasaban horas de horas metidos en el agua, disfrutando de olas de una calidad muy superior a la actualidad.


La Herradura - Cortesía de Local Magazine y La Mesa de La Herradura


Los waikikianos recuerdan con nostalgia que las olas del mar morían en la base de su club, y que bastaba caminar unos pasos para entrar en contacto con el océano, sin correr el peligro de ser atropellados por los innumerables automóviles que hoy cruzan frente al legendario club. Pero así es la vida, no hay nada capaz de detener el progreso, y ahora disfrutamos de una linda carretera que nos lleva desde Chorrillos hasta San Miguel, pero, sin embargo ¿qué no daríamos por corrernos una de esos olas de dos metros de altura y medio kilómetro de recorrido que solían reventar en Waikiki, una de esas olas que cautivaron a Carlos Dogny y que marcaron el nacimiento de la tabla moderna en el Perú?


La Herradura - Cortesía de Local Magazine y La Mesa de La Herradura


LA HERRADURA EN LOS AÑOS SETENTA

La década de los setenta marcó el apogeo y el máximo dominio de la que definitivamente es la mejor rompiente de Lima Metropolitana: La Herradura. Durante los años setenta, gracias a la invención de la pita y a las nuevas tablas, las olas de La Herradura se convirtieron en el punto de reunión obligado para nuestros mejores tablistas. Yo todavía recuerdo, cuando estaba en primero de media, allá en 1979, que cuando el mar crecía mi compañero de carpeta César Aspíllaga desaparecía de clases durante una semana entera, para reaparecer completamente bronceado y absolutamente feliz una mañana cualquiera. “Señor Aspíllaga, ¿por qué ha faltado usted a clases”, preguntaba invariablemente el profesor, y César simplemente respondía: “Profe, lo siento, es que el mar creció y La Herradura estuvo reventando toda la semana”. Treinta años después, estoy seguro de que nadie le podrá decir a César Aspíllaga que perdía su tiempo, todo lo contrario, gracias a esas ausencias clandestinas se convirtió en uno de los mejores tablistas de La Herradura, y seguramente pasó los mejores momentos de su vida.


La Herradura - Cortesía de Local Magazine y La Mesa de La Herradura


Tato Gubbins, Herbert Fiedler, Óscar Malpartida, Raúl 'Patero' Calle y Raúl Henrici, entre otros, fueron en la década de los setenta los amos y señores absolutos de la increíble rompiente chorrillana. Cada vez que el mar crecía, los mejores tablistas de nuestro medio dejaban de lado todos sus compromisos laborales, sociales y familiares y se encontraban remando codo a codo rumbo a la reventazón. Allí, esperaban sentados la llegada de las enormes rachas, sentían la adrenalina fluir por sus cuerpos mientras las primeras olas detonaban contra las rocas, levantando columnas de espuma bajo las cuales se dibujaban olas gigantescas y de una perfección abrumadora. Coger una de esas olas era, al mismo tiempo, un acto de placer y una demostración de valentía; remando hacia la orilla, nuestros tablistas eran inmediatamente succionados por el tremendo poder de esas olas, y luego se enfrentaban al abismo tubular que se abría bajo sus ojos; inmediatamente, tenían que pararse y cortar la ola, mientras ésta estallaba en toda su furia contra las rocas del acantilado.


La Herradura - Cortesía de Local Magazine y La Mesa de La Herradura


La ola de La Herradura, famosa por su fuerza y perfección, permitía a los tablistas ensayar varias maniobras, y crecía en emoción hasta llegar hasta la tercera sección, donde la ola se encrespaba, formando una pared amenazante, y se volcaba sobre sí misma formando una inmensa caverna tubular. Los tubos de La herradura llegaron, en esos días, a representar la experiencia más arriesgada y placentera de nuestro deporte, y la sensación se salir intacto de uno de ellos era, como nos contó Tato Gubbins, semejante a la sensación de estar en el cielo. La Herradura, inmortalizada por Alfredo Bryce Echenique en su cuento 'Baby Schiaffino', fue durante los setenta y la primera mitad de los ochenta un verdadero paraíso de los tablistas, y estaba todavía muy lejos de ser amenazada por la mano negra de un alcalde nefasto, que construyó una absurda carretera que, si bien no la malogró del todo, cambió la faz de esta playa espectacular para siempre.


La Herradura - Cortesía de Local Magazine y La Mesa de La Herradura


AGRADECIMIENTO

A Clyde Villalobos Watson, editor de Local Magazine, y al restaurante La Mesa de La Herradura, por las fotos de La Herradura y por el video presentado en este artículo, que muestra todas las playas de Chorrillos y Barranco reventando en todo su esplendor, durante los años setenta.

 

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