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El amanecer del arte de surcar olas
26/Ago/2006 - Autor: Óscar Tramontana Figallo / Ilustraciones: Flavio Caporalli

Seguramente alguna vez te has preguntado quiénes fueron los primeros hombres que experimentaron el placer incomparable de correr olas. Quizá lo hayas hecho al final de una jornada de excelente oleaje, o cuando te embarcaste en tu primer viaje al norte en busca de las legendarias olas de Chicama, Lobitos, Máncora y Cabo Blanco. Quizá la pregunta haya vuelto a dibujarse en tu mente la primera vez que viste un caballito de totora cortar una ola con gracia inigualable, dejando tras de sí una estela en la que percibiste un cristalino abanico de recuerdos claramente definidos. Quizá te lo estés preguntando ahora mismo, cuando finalmente has encontrado un tiempo libre para empezar la lectura de este relato.

¿Quiénes fueron realmente los primeros hombres que empezaron a surcar olas?

Para responder a esta pregunta, queremos invitarte a emprender con nosotros un fascinante viaje al pasado, dejándote llevar no sólo por la fuerza de la imaginación, sino también por los descubrimientos que hemos hecho a lo largo de dos años enteros de investigaciones. ¿Estás listo? ¿Quieres conocer a los primeros cultores del arte de surcar olas? Entonces prepárate a disfrutar una experiencia inolvidable, porque lo que estás a punto de leer te llenará de orgullo y, sobre todo, de ganas de agarrar tu tabla, lanzarte al agua desde la orilla de la playa más cercana en pos de una ola similar a la que, hace más de cinco mil años, fue por primera vez atrapada y dominada por un ser humano... aquí en el Perú.

HISTORIA DE KIMU

..."Porque eran muchos y cada uno en su balsilla
caballero o sentado a porfía cortando las olas del
mar, que es bravo allí donde pescan, parecían tritones
o neptunos que pintan sobre el agua"...

Fray José de Acosta
Historia natural y moral de las Indias
1550

Estás sentado cómodamente frente una gigantesca pantalla de cine que te ofrece la visión de una cámara sobrevolando a toda velocidad en pos de un cóndor sobre los Andes Centrales y rumbo a la costa peruana, hace más de cinco mil años. Abajo, andenes escalonados son cultivados por los pobladores de las comunidades precolombinas que, ataviados con sus festivos trajes multicolores, ofrendan sus cosechas a sus dioses en medio de magníficos rituales. La cámara sigue volando y se interna en una nube para descender vertiginosamente por la quebrada que separa varios cerros hasta llegar al desierto, sobre el cual reina majestuosamente el océano infinito. Volamos sobre arrieros, pastores y comerciantes que guían sus llamas y vicuñas cargadas de productos pesqueros de vuelta a las serranías, y seguimos el cauce de un río caudaloso a cuyas orillas se destacan los generosos cultivos que alimentan a las poblaciones de ambos márgenes. Lagunas pesqueras, ciénagas en donde crecen el junco y la totora, bosques tupidos de algarrobo y guarango preceden la aparición de las primeras lagunas salineras, donde mujeres yungas se afanan curtiendo pescados enormes. Silba la Paraca en los portales de una huaca consagrada a Pachacamac y la cámara disminuye la velocidad, cerniendo su mágica mirada de máquina del tiempo sobre un pequeño poblado de pescadores enclavado en una de las innumerables caletas que yacen dispersas en la costa del Antiguo Perú. Hay mucha actividad en la aldea y la cámara vuela tras un grupo de niños vestidos con finas telas de cumbi que corren hacia la orilla donde Kimu, el joven pescador yunga, se prepara a entrar al mar, solo, por primera vez en su vida.

El torso desnudo y bruñido como el bronce de Kimu atrae las miradas de las muchachas de la aldea, mientras él fija la vista sobre las olas detrás de las cuales se distingue un rebaño de balsas con velas triangulares y a bordo de las cuales los pescadores más expertos de la aldea culminan su faena.

Kimu tiene apenas doce años y está a punto de iniciar su propia vida de pescador.

Desde que tiene memoria, se ha sentido fascinado por ese mar cambiante e infinito que alimenta a los suyos, pero ya ha pasado la edad de jugar con las conchas y caracoles de la orilla y sabe, desde lo más profundo de su alma, que tiene que aprender a ganarse la vida como pescador. Junto a su padre, Kimu ha cosechado en las ciénagas vecinas los juncos de totora con los que ha construido su primer tup, que de un primer vistazo reconoces idéntico a los caballitos de totora de Huanchaco.

De pie frente al mar, esperando el momento adecuado para echarse sobre las aguas turbulentas, Kimu carga su tup como si fuera una moderna tabla hawaiana. De pronto, la racha de olas que abate la orilla de la caleta se calma e Kimu, ágil como un puma, se lanza sobre el tumbo que revienta a sus pies para caer de pecho sobre las fibras de totora. Empieza a remar con fuerza, pues sabe que tiene que llegar a la reventazón antes de que entre una nueva racha de olas. Ellas representan la fuerza y el movimiento del mar, y desde siempre han formado parte de la iconografía que adorna los ceramios que fabrican los hombres de su aldea. Mientras rema sin descanso, Kimu piensa que las olas son la forma que tiene el mar de impedir que los hombres entren en su seno para robarle los peces; es por eso que su padre ha modelado la parte delantera de su tup con una ligera elevación o proa que le permita sesgar las olas y pasar por encima de ellas en caso de ser necesario. Él ha visto a los hombres más experimentados de la aldea hacer frente a las olas más gigantescas que, en su afán de devolverlos a la orilla, han tenido que ceder ante el ingenio de estos pescadores que han encontrado la forma de construir embarcaciones que les permita enfrentarlas cara a cara.

A lo lejos, detrás de las olas, los pescadores distinguen los esfuerzos de Kimu y empiezan a alentarlo para que llegue a la reventazón antes que la siguiente racha le impida el acceso. Animado por los gritos que inundan sus oídos, provenientes de los pescadores que bogan en altamar a bordo de sus grandes balsas de juncos y de los niños que ha dejado en la orilla, Kimu redobla sus esfuerzos y golpea las aguas con sus brazos, impulsando su tup hacia adelante, siempre hacia adelante, ganándole terreno a las olas y a la corriente. Vistas desde la orilla, las olas siempre le habían infundido temor y curiosidad, pero ahora, vistas al ras de la superficie del mar, Kimu las contempla aterrorizado, como si fueran monstruos acuáticos que se levantan de la nada, ávidos de tragárselo para arrojarlo a las profundidades insondables donde habita la concha sagrada del Mullu.

De pronto, el mar se encrespa y una ola enorme cubre el horizonte, ocultando a los hombres que lo animan. Kimu sabe que ha llegado el momento temible tantas veces anunciado por su padre, y buscando fuerzas en lo más recóndito de su ser, rema furiosamente hacia la ola. Esta se levanta majestuosa hasta cubrir las nubes que se dibujan en el horizonte, y la cresta empieza a inflamarse amenazando estallar sobre el cuerpo frágil de un Kimu que se acerca cada vez más. Un sordo rugido truena y Kimu distingue que el labio de la ola ha empezado a descolgarse por la izquierda, formando una caverna celeste y tubular que amenaza con tragárselo. A duras penas, Kimu alcanza a pasar la ola y siente que es elevado hasta el cielo. Por un momento, distingue a los pescadores que, lejos del alcance de las olas, tienen las miradas fijas en él, y luego siente una explosión a sus espaldas, como si toda la fuerza del mar se hubiese desatado tras de sí. Una estela de gotas de agua dejada por la ola que acaba de pasar forma un arco iris que Kimu contempla extasiado. Por un momento, piensa que el peligro ha pasado, pero nuevos gritos de alarma lo devuelven a la realidad y Kimu apenas tiene tiempo de remontar la segunda ola de la serie. Esta es más grande que la anterior y, por un instante, suspendido en las alturas, Kimu ve a los pescadores allá abajo, animándolo a seguir. Una nueva explosión de desata a sus espaldas pero él ya sabe de qué se trata, y sin dejarse fascinar por el arco iris, emprende el ataque a la tercera, a la cuarta y a la quinta ola. De pronto, el mar parece calmarse nuevamente y Kimu llega al lugar donde los viejos pescadores, sentados a horcajadas sobre sus balsas de totora, lo esperan con una sonrisa unánime dibujada sobre sus rostros morenos. Kimu se coloca junto a su padre y recibe la bienvenida de los pescadores. Allí está su hermano mayor, que hace sólo dos años se inició en las labores de la pesca, y también está el jefe de la aldea, un magnífico yunga de cuarenta años curtido por la vida del mar.

- Ahora tienes que regresar a la orilla - le dice su padre.

- Pero, ¿cómo? - pregunta el flamante proyecto de pescador.

- Utilizando una ola - le contesta el jefe de la aldea.

Kimu había visto innumerables veces cómo los pescadores de su aldea, regresando de altamar, alcanzaban la reventazón y se sentaban a esperar una ola. Cuando ésta llegaba, ellos remaban hacia la orilla hasta ser succionados por la fuerza de la ola que, rápida y violentamente, los dejaba en la orilla con una sonrisa de satisfacción, luego de haber surcado el mar a velocidades vertiginosas. Kimu nunca pudo entender cómo podían sonreír esos hombres luego de haber cabalgado sobre el lomo monstruoso de esas olas descomunales, y pensaba que esas sonrisas se debían a la satisfacción de la pesca realizada.

- No te preocupes, Kimu, yo te enseño cómo hacerlo - le dice Huanchac, su hermano mayor, ante la mirada complaciente de su padre y el resto de los pescadores.

- No tengas miedo - añade el jefe de la aldea -. Puedo asegurarte que te va a gustar.

Kimu no sabe qué responder a ese claro desafío del jefe, incapaz de concebir qué placer podía haber en el acto de surcar una ola. Antes de volver la punta de su tup hacia la orilla, ve que el grueso de los pescadores le sonríe enigmáticamente, pero Kimu no puede discernir si se trataba de una burla o de alegría real. Siguiendo el ejemplo de Huanchac, empieza a remar hacia la orilla, temiendo ingresar a la zona en que las olas revientan. Una manada de delfines surge en la superficie del agua y los pescadores saludan la presencia de los animales sagrados como el advenimiento de buenas épocas. Kimu se anima con la visión de los delfines y recobra el valor que necesitaba para seguir a su hermano, que se ha detenido en un punto donde aún flota la espuma dejada por la última detonación marina.

- Hermano - le dice Huanchac -, antes que nada debes perder el miedo. La única forma de llegar a la orilla a salvo es agarrando una ola, como has visto que hacemos todos los pescadores desde que somos niños. Mira, allí viene la primera, mira cómo lo hago y luego me sigues...

Huanchac se recuesta sobre la balsilla y empieza a remar hacia la orilla. La primera ola de la serie eleva a Kimu hasta las alturas, y desde allí puede ver claramente cómo su hermano rema hasta dejarse atrapar por la fuerza de la ola, antes de desaparecer rumbo a la orilla emitiendo aullidos de placer.

-Pachacamac - invoca Kimu -, ayúdame y te haré la ofrenda de mi primer día de pesca.

La segunda ola no se hace esperar. Desde la cima, Kimu distingue a su padre mirándolo sonriente, y luego se pone a remar con mayor energía que la que había utilizado para llegar hasta allí. La ola ha empezado a reventar por el otro lado y Kimu la atrapa cuando está a punto de precipitarse sobre él. Nunca en su vida olvidará ese momento. El frágil tup que le construyó su padre se afianza a la pared de la ola con soltura, y Kimu siente su cuerpo descender mientras la ola, un rugiente monstruo que se agita a sus espaldas, lo transporta a toda velocidad rumbo a la lejana orilla. Alguna vez Kimu soñó que volaba y ahora recupera la sensación de ese sueño con una fidelidad asombrosa. Los bordes de su tup se hunden en el agua levemente, trazando una estela veloz. Kimu no puede contenerse y empieza a gritar:

- ¡Estoy volando, Pachacamac, estoy volando, estoy volando!

Unos pelícanos empiezan a volar a su lado, como jugando, y un delfín surge del lomo de la ola y empieza a deslizarse a escasos centímetros de Kimu. El viento se estrella contra su rostro invitándolo a sonreír y el agua responde a su alegría tejiendo a su alrededor orladas tapicerías de espuma blanca. Kimu no puede contenerse y, siguiendo un impulso incomprensible, se incorpora lenta, cuidadosamente, hasta quedar de rodillas sobre la frágil superficie del tup. Desde esa posición, el movimiento de la ola le parece más apacible, más armonioso y delicado hasta que, animado por una súbita inspiración, Kimu se levanta cuidadosamente hasta quedar de pie sobre su tup. Desde ese momento, el miedo desaparece por completo, la ola que antes le había parecido monstruosa mide exactamente lo mismo que él, y Kimu no puede resistirse al deseo de introducir una mano sobre la pared transparente del lomo acuático. Al hacerlo, su cuerpo se inclina peligrosamente y el tup asciende por el canal de la ola, pero Kimu logra mantener el equilibrio inclinándose un poco. De pronto, la ola sobre la cual viaja se levanta por el otro extremo y, presa de un tremendo furor, Kimu se encoge todo lo que puede hasta quedar encerrado en la profunda y celestial caverna de agua a lo largo de la cual avanza sin que el agua lo roce. Esto dura apenas dos o tres segundos que a Kimu, sin embargo, le parecen una eternidad. El clamor de la ola da paso a un silencio casi divino antes que Kimu caiga envuelto por una explosión de espuma blanca. La ola lo revuelca algunos metros y Kimu emerge justo a tiempo para divisar su tup llegando hasta la orilla, donde Huanchac, acompañado por los niños y las mujeres de la aldea, contempla la escena preso de la mayor incredulidad. Kimu alcanza la orilla nadando y Huanchac corre a abrazarlo, mientras los niños de la aldea lo rodean y vitorean su nombre.

Desde entonces, Kimu nunca volvió a ser el mismo. Ese mismo día, estuvo entrando y saliendo del mar hasta que anocheció, y su padre se llenó de orgullo cuando vio que Kimu cogía la última ola del día en pleno atardecer, bajo la luminosa claridad de la luna que empezaba a recortarse sobre las montañas. Con el paso del tiempo, Kimu se volvió el pescador más experto de la aldea, y solía salir a altamar con Huanchac de noche para regresar al mediodía con sus balsas repletas de buena pesca. El resto del día lo pasaba entrenando a los niños de la aldea para enfrentar las olas y acelerar su aprendizaje de pescadores, y cada vez que tenía tiempo libre, salía con su hermano en busca de nuevas playas en las que reventaran buenas olas. Con el tiempo, su imagen empezó a ser reproducida en innumerables ceramios que difundieron su arte a lo largo del litoral. Solían pintarlo con una sonrisa que, años después, los arqueólogos juzgaron producto de la buena pesca, cuando en realidad sólo reproducía la satisfacción que Kimu sentía luego de haberse bajado una buena ola.

La cámara se aleja y ves a Kimu parado en la orilla junto a su hermano, contemplando las olas que vienen sin descanso desde el horizonte, invitándolo a surcarlas en honor a sus dioses. La cámara sigue alejándose y, a medida que el panorama se agranda, muchas playas aparecen en la pantalla. En cada una de ellas hay cuando menos un joven pescador bajándose una ola a bordo de su propio tup. Ante semejante imagen, tu corazón se llena de orgullo cuando comprendes que el arte de surcar olas fue descubierto por el hombre peruano.

Autor: Óscar Tramontana Figallo
Capítulo Primero del libro "Cinco mil años surcando olas"

 

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