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Ignacio el Pelícano
Autor: Roberto Boyle (*)

Esta es la pequeña historia de Ignacio el pelícano, un pelícano común, como cualquier otro, lleno de vida, alegría y claro, un humor que solo él sé entendía. Ignacio por su tamaño, no pensemos que ya un adulto era, mas bien, él era uno de los mas jóvenes del grupo que vivía en la pequeña isla cerca de la gran ciudad, dentro del círculo marino, Ignacio como cualquier pelícano joven, era siempre vigilado por los mayores del grupo, pero su torpeza y sus ganas de saber siempre más, lo llevaban a meterse en problemas siempre.

Cada mañana Ignacio recorría la bahía de la gran ciudad, de extremo a extremo, como si realmente fuera un trabajo de ocho horas, bueno casi siempre era lo que él demoraba y no por lo largo del camino, si no porque él iba saludando a todos y a todo lo que encontraba en el trayecto, a las pequeñas embarcaciones que diariamente lanzan sus pequeñas redes que desaparecen al entrar al mar, ya que sus hilos son tan transparentes como la misma agua de esa bahía, con las embarcaciones, podía quedarse hasta tres horas viendo la faena de los hombres amarillos.

Ignacio siempre salía recompensado con un buen pescado fresco que le daba fuerza para seguir el viaje, cerca de ellos, siempre vigilante, estaba el señor Loberto, un lobo que se llamaba Alberto, pero no era un lobo cualquiera, era el mas viejo de todos los lobos, jefe de su manada y padre de la mayoría de crías que recién se levantan del cuidado de sus madres, esa mañana Loberto, expectante ante los hombres amarillos, espera lo que los pescadores dejan caer de su embarcación, pero siempre mantenía su distancia pues no sería la primera ni la última vez en que los hombres amarillos tomen una mala actitud contra él o su familia por una mala pesca, los hombres amarillos, pensaban que los lobos se comían todo los peces y ellos no tendrían tampoco para alimentar a sus familias; mientras Ignacio terminaba de engullir el último bocado de pez, decidió continuar con su travesía, pero siempre con el compromiso que mantienen todos los habitantes de esta bahía, de no salir del círculo marino.

Cerca de Ignacio pero en dirección contraria, se acercaba un grupo de delfines, que avisados por sus potentes sentidos, surcaban las olas a gran velocidad, sabían que la pesca era buena el día de hoy, ya escuchaban como revoloteaban los peces en las redes de los hombres amarillos al subirlas a la pequeña embarcación.

¡La pesca ha sido buena!, decía uno de ellos,
¡Jalen, jalen!, replicaban los otros dos mientras veían sorprendidos la abundancia de ese día; los delfines apresuraban el paso o debería decir el nado, y eran torpedos rompiendo el mar, pero Ignacio apacible y con el tiempo que tiene un niño, jugaba con la espuma que dejaban los delfines a su paso, y se preguntaba como sería surcar olas de verdad ...

Mientras veía a los hombres terminar de subir su abultada red, pensaba, si todos los hombres eran iguales, claro, él ya conocía a los hombres amarillos, pero eran diferentes, Ignacio los sentía parte del círculo, los veía todo los días y, bueno, eran hombres de mar, el quería saber cómo era todo fuera del círculo marino, cerca de la costa de esa gran ciudad, en las noches brillaba como otro sol, pero sabía que fuera del círculo ya no tendría protección, pero ese día Ignacio se sentía diferente, con una gran fuerza y, claro, un gran valor también, solo cruzan los más valientes, y todo el que regresa siempre trae una gran historia.

Ignacio no tenía apuro y con la torpeza de sus alas se fue acercando a la costa de esa gran ciudad, cada vez sé hacía más grande; el miedo se fue apoderando de Ignacio mientras trataba de mantener el rumbo, esta vez era diferente, nunca había hecho este camino y no sabía que se podía encontrar por ahí.

Un largo rato el camino fue lento y aburrido muchas veces pensó en regresar, pero ya había tomado una decisión y era importante para él cumplirla, pues todo aquel que quiere echar cabeza y vivir seguro dentro del círculo, tiene que salir por lo menos una vez: Así se recuerda siempre que el círculo marino es seguro para todo el que vive en él y le da protección, alimento y un buen lugar donde tener una familia, y aunque Ignacio era joven y su torpeza a veces lo hacia parecerlo más, ya estaba listo para cambiar su plumaje juvenil y convertirse en un adulto; por momentos, Ignacio se daba ánimos por si solo.

–¡Vamos Ignacio! – se decía ¡Tú puedes! ... ¡No dudes!... ¡Vas a llegar!

Todos los días Ignacio veía desde su casa, a lo lejos, la gran ciudad, le parecía enorme, hoy era gigante y cada vez más, quiere decir que cada vez estaba más cerca , ya veía nuevas especies que paseaban por ahí, algunos peces de orilla, camuflados entre la arena de la costa, otros escondidos en la rocas de los muelles cerca de la ciudad, algunas gaviotas que no suelen adentrarse al mar , y algunos pelícanos que decidieron dejar el círculo un tiempo atrás, pero los veía diferentes, extraños, algo tristes pero no entendía por qué , la felicidad que Ignacio tenía era gigante, como la de ganarse la lotería o quizás más, porque no era una felicidad económica, si no su corazón saltaba de alegría por haber superado el largo viaje.

Dentro del círculo ya todos estaban advertidos de que Ignacio había salido y que esa noche no iba a llegar, claro que ya estaba oscureciendo en toda la bahía, el reflejo de la ciudad ya se veía en el mar, es lógico, porque Ignacio no se había demorado las ocho horas en las cuales normalmente recorría la bahía, sino que se tardó casi todo el día en llegar, y claro, ahora tenía una gran duda, ¿donde iba a dormir? Todas las especies emprendían su viaje de regreso a sus moradas, y solo un pelícano viejo ya casi dormido en la proa de una pequeña embarcación terminaba de acomodar sus plumas para poder descansar tranquilo.

¡Disculpe, señor!... preguntó Ignacio con voz tenue, no por miedo sino porque estaba confundido por los sonidos que retumbaban cerca de ahí, parecidos al sonido de las embarcaciones de los hombres amarillos, pero mucho más fuertes, esos sonidos eran como si hubieran miles de embarcaciones y pasaban cerca de ellos, a gran velocidad, con ruidos de motores, luces segadoras y trompetas que rompían los oídos a cualquier ser vivo que estuviera cerca de ahí.

- ¿Qué deseas? replicó el viejo pelícano.
¡Disculpe señor!... acabo de llegar, y me preguntaba dónde podría descansar de este largo viaje que he hecho...
¿Y de dónde vienes? - volvió a decir con un tono seco – ¿acaso de otro continente? - en son de burla le contestó el viejo pelícano,
¡No!, dijo Ignacio vengo del círculo marino, lo he cruzado para luego volver y crecer.

El viejo pelícano lanzó una gran carcajada y volvió a acomodar sus plumas.

Mañana hablaremos, joven amigo, descansa que mañana será un día largo para ti.

Ignacio trató de acomodarse cerca del viejo sin tratar de fastidiarlo, pero para él fue difícil pegar el ojo, todo a su alrededor era nuevo y los sonidos eran tan fuertes que podrían despertar a toda la manada de lobos después de haber saciado su apetito en un gran día de pesca. Los reflejos de la gran ciudad se iban apagando del mar y los primeros rayos de luz solar ya aparecían, Ignacio recién se había quedado dormido, cuando un gran camión con gente verde subía y bajaba de él, recogiendo a su paso todo lo que estaba a su alcance, el sonido de la campana que agitaba uno de estos hombres despertó a Ignacio de un salto, mientras que el viejo pelícano parecía no sentir absolutamente nada, pasaron cerca de ellos, revisaron a su costado y dentro de la embarcación, solo una llanta vieja cerca al bote había, la cual ni miró, unas bolsas de aquí, otras de allá y el sonido se fue desapareciendo en la niebla que se iba rompiendo con el calentar del sol, Ignacio vio cerca en un muelle, a un grupo de hombres amarillos.

- ¡Es de ahí donde salen estos hombres!- se decía Ignacio, mientras estos recogían sus redes y provisiones para empezar la faena en el mar; Ignacio siempre había pensado que los hombres amarillos eran diferentes a los demás, claro, ellos podían entrar al círculo y salir de él y siempre se han llevado bien con los animales que vivían ahí. Con los primeros rayos de sol el viejo pelícano comenzó a sacudir sus plumas y mover el cuello de un lugar a otro como si tuviera un fuerte dolor en él.

¡Buenos días! dijo Ignacio, luego de un largo bostezo. El viejo pelícano miró de dónde provenía la voz, al voltear y darse cuenta que era Ignacio, luego de recordar su pequeña conversación de la noche anterior, volvió a soltar una gran carcajada.

¡Otro joven más! rió el pelícano.
Bueno, bienvenido a mi playa, querido amigo…
Ignacio, -dijo Ignacio cortándole rápidamente y con la vehemencia de un joven aventurero, agregó:
Bueno, ¿ahora qué se hace aquí?

La carcajada fue en aumento, a tal punto que intimidó un poco a nuestro amigo.

- ¡Verás!, dijo el viejo pelícano Si prestas atención, hoy aprenderás mucho, pero antes mira...

He ahí que Ignacio fijó su vista en un pequeño cangrejo rojo como el spondilus, y ágil como un bailarín, dicen que era un cangrejo músico por la tenaza que lo diferenciaba de los demás, él ya estaba despierto y limpiaba la entrada de su casa como nadie lo hacía, con esmero y vehemencia.

¿Ves?, le dijo el viejo pelícano a Ignacio,
Todas las mañanas con la marea baja repite su faena sin parar y ¿sabes por qué?

Ignacio sorprendido por la nueva criatura negó con la cabeza.

Por su naturaleza- replicó el viejo pelícano. Cuando quiso agregar algo mas Ignacio había corrido hacia la orilla a ver mas de cerca al cangrejo.
¡Hey, cuidado! dijo molesto el cangrejo.
¿Recién sale el sol y tú ya estas molestando?
Disculpe, señor Cangrejo!
- ¡Beto, el cangrejo violinista! refunfuñó el cangrejo.
- ¿Es usted músico señor? - dijo Ignacio
Violinista... agregó el cangrejo... y discúlpame porque tengo mucho trabajo, ayer tuvimos marea alta y la casa se me inundó, en este momento no puedo hablar - y con la rapidez de sus ocho patas desapareció dentro de la tierra a seguir con la faena diaria. Ignacio se quedó con muchas preguntas, pero su barriga ya le empezaba a sonar; era necesario comer algo, no lo hacía desde el día anterior, tambaleándose entre la arena y algunas piedras regresó donde el viejo pelícano que ya soltaba sus alas para alzar vuelo.
¡Hey, señor Pelícano, espere! dijo Ignacio. Usted va a partir y todavía no me ha dicho qué es lo que debo hacer…
Has lo que tu corazón te diga, sólo escúchalo – y se fue alejando hacia el muelle de donde salieron los hombres amarillos muy al amanecer.

El viejo pelícano conocía bien los horarios de los pescadores, mientras unos salían en las mañanas temprano a pescar, otros regresaban con sus redes llenas, ya que toda la noche estuvieron en vela en alta mar, y al viejo pelícano esas eran las embarcaciones que más le gustaban y que esperaba, las que le traían el desayuno ya que el pequeño embarcadero servía también para la venta de los peces, y siempre los restos eran aventados cerca de ahí, un trabajo nada difícil para un viejo pelícano, aunque algunas veces tenía alguna gresca con algún albatros desubicado que trataba de robarle su presa. Mientras todo ocurría con normalidad, el ruido de la gran ciudad aumentaba con el calor del día, como si eso estuviera asociado; más calor, más ruido, y viceversa. La playa comenzaba a recibir a sus visitantes,
Ignacio veía todo con una gran sorpresa, había gente trotando de un lado de la playa al otro, gente con sus perros, haciendo ejercicios, montando bicicleta , pero lo que a Ignacio más le sorprendió y eso que todo le parecía alucinante, era que veía cosas que jamás se hubiera imaginado que existieran.

Entre estas estaban el ver llegar a un grupo de jóvenes entusiastas y divertidos con unos aparatos largos y extraños, se pusieron sus trajes negros y utilizaron sus aparatos extraños para entrar al mar; he de ahí que Ignacio quedó hipnotizado, se olvidó del desayuno y del almuerzo, todo el día se pasó observando al grupo de jóvenes surcando olas divirtiéndose con las espumas y en ese instante recordó el minuto antes de emprender este viaje, a los delfines como torpedos surcando olas en el océano, y ahora lo sabía, sabía que tenía que aprender a surcar olas como delfín o como los hombres de negro.

El sol comenzaba a ocultarse, la gente en la playa iba disminuyendo, el grupo de amigos ya enrumbaba a sus casas, el ruido de la ciudad disminuía y las luces ya se reflejaban en el mar.

¿Seguro no has comido? preguntó el viejo pelícano, Ignacio sorprendido salió del trance en que se encontraba, su corazón iba al ritmo del explotar las olas en la orilla de la playa.
¡Lo sabia! dijo el viejo pelícano para sí, como si entendiera lo que le pasaba a Ignacio pero guardé algo para ti agregó el pelícano. Un pedazo de pescado que le supo a los mil demonios, nada que ver con la frescura de lo que solía comer dentro del círculo marino.
¡Seguro que vistes las olas y a los humanos sobre ellas! ¿Verdad?... Ignacio afirmó con la cabeza.
¿Y seguro has visto a los delfines hacer lo mismo? - volvió a afirmar con su cabeza Ignacio.
¡Y seguro que me vas a decir que tu quieres hacer lo mismo!... ¿Verdad, Ignacio? - Ignacio volvió a afirmar.
¡Muy bien! dijo el viejo pelícano ¡Mañana surcarás olas!

Movió su cuello de un lado a otro, sacudió sus plumas y de un gran salto se acomodó en el bote que les servía de refugio; Ignacio pensativo y muy cansado durmió profundamente, y soñó, si es posible que los pelícanos sueñen, y recordó el circulo, Loberto y su familia, los demás pelícanos, a los delfines, y nadó con ellos hasta las profundidades, hasta el otro extremo del mundo, surcó olas enormes, pasó tormentas y llegó a playas de arenas blancas y de una gran tranquilidad . Y todo el sueño de Ignacio fue tan real para él como si fuese verdad.

La noche paso rápidamente y los primeros rayos de luz ya hacían efecto en la cara de Ignacio, le costó romper la magia de su sueño, pero había algo más fuerte aún y era cumplir su sueño, con la rapidez de un niño cuando va a ver sus regalos de navidad; así se levantó Ignacio, arregló sus plumas, movió su cuello de derecha a izquierda y bostezó un par de veces, luego, y sin perder un segundo más, ya que el sol empezaba a calentar, abrió su gran pico un fuerte y gran grito salió de el...

- ¡Deeespieeeerteeesssseeeee! - realmente fue un grito fuerte, hasta los hombres amarillos que alistaban sus cosas para salir a su faena, sorprendidos voltearon hacia la dirección del ruido extraño que salía del pico de ese pelícano, claro que el pobre viejo de un salto y unas cuantas plumas que se le cayeron por el brinco, ya estaba de pie,
¡Hey, muchacho, vamos lento! dijo el pelícano Vamos a ver si recuerdo… cuando el viento viene del norte... recordaba en voz baja casi murmurando... cuando viene del oeste...Es mejor bajar las alas, ¿pero cómo era?
Bueno maestro interrumpió Ignacio – ¿Comenzamos?
¡Sí, claro! , respondió el viejo pelícano.

Comenzaron a mover sus alas, cada vez más fuerte y unos pasos ya estaban sobre el mar dando vueltas cerca al muelle donde rompen las olas, donde el día anterior los hombres de trajes negros sé divertían tanto.

¡Esas son las series!, dijo el viejo pelícano señalando a un grupo de olas que se acercan hacia la orilla.
¡Debemos esperar! - dijo el viejo, Mientras más se acerquen a la orilla, son mejores para surcarlas... debes ser rápido y seguirme, no pierdas de vista lo que hago y cuando gire tú lo harás, y nunca te dejes atrapar por la espuma blanca, esa gran cresta, puede ser tu fin... ¿entiendes Ignacio? Con miedo, Ignacio afirmó con la cabeza.
Daremos otra vuelta y esperaremos al siguiente grupo de olas ...

Ignacio no decía nada, tenía un nudo en la garganta, no tenía ni 10 minutos volando y sus alas ya le pesaban como si hubiera recorrido ida y vuelta su ruta habitual

¡Ahí vienen! - gritó el viejo y rápidamente hizo un quiebre, así como una formación de aviones rompen en el aire su vuelo, Ignacio reaccionó y no perdió el paso, sabía que debía quedarse cerca para lograrlo, es ahí cuando el descenso se hizo más pronunciado, viajaban realmente rápido, con un gran giro los dos entraron casi golpeados por la cresta de la ola hacia ella, es ahí que la velocidad disminuye y todo parece ir en cámara lenta, una de las alas va muy cerca de la pared de agua de la ola, casi las plumas llegan a rozar el agua mientras la otra hace la estabilidad para mantenerse recto y no perder el equilibrio, todo pasa lento y rápido a la vez, porque son fracciones de segundo que hacen que los momentos sean mágicos, el sonido de la ola rompiendo atrás de ellos, pero no se asustan y entre la espuma y ellos se produce una extraña comunión, se encuentran dentro de ella y siguen volando hacia el túnel de salida, habían surcado su primera ola juntos y había sido un éxito. El viejo cansado le dio un par de instrucciones más, y todo el día Ignacio se divirtió con ellas.... fue el día mas feliz para Ignacio y para el viejo pelícano también. Hacía mucho que había dejado de hacerlo, tanto que no recordaba que otro pelícano lo hiciera también, como si el surcar olas no estaba en los pelícanos, en su naturaleza, pero había aparecido Ignacio y le había hecho recordar su vida, era irónico, parecía que Ignacio llegó a enseñar mucho más.

Mientras eso pasaba, el cangrejo violinista empezaba a refunfuñar nuevamente porque la marea volvía a subir y nuevamente su casa se iba a llenar de agua, la gente se comenzaba a retirar; las luces cambiaban de tonalidad, se venía una noche más, pero Ignacio no quería dormir, quería contarles a todos sobre el día que pasó, así que corrió adonde el cangrejo y le pidió que lo escuchara un ratito, que le iba a contar algo extraordinario, el cangrejo de mal humor le dijo que no tenía tiempo, que su casa se había llenado de agua y tenía mucho trabajo qué hacer.

Ignacio rápidamente se dio cuenta del problema, porque lo que ál había hecho ese día lo había hecho entender mucho más, y le explicó que las cosas del mundo tienen un ciclo para todo, como el tiempo en que se demoran en llegar las olas a las costas, o el sol en salir o ocultarse, o las mareas subir o bajar...

¡Lo que debemos hacer es adecuarnos y escuchar el ritmo del mundo para adecuarnos a él! Ignacio parecía sorprendido de las cosas que decía pero él llegó a escuchar la música, el sonido, la armonía, digámoslo como queramos, pero es el momento donde todo los elementos se juntan para volver ese instante mágico y ese sonido, solo lo conocen quienes han estado ahí, conectados con el mundo.

Sin pensarlo dos veces el cangrejo violinista empacó sus cosas y se mudó unos metros más atrás, de allí tenía una linda vista a la playa y su casa ya no se inundaba, salvo ciertos días de luna llena. Ignacio pasó la noche junto a su viejo amigo, esa noche casi no durmieron, sabían los dos que pronto se separarían y el viejo Nicanor, el pelícano nadador, le contó todas sus historias de viajes alrededor del mundo surcando olas, pero se olvidó de algo en esos años, de pasar su sabiduría a sus demás hermanos, así la vejez le llegó, su memoria perdió, y sus fuerzas también. Ignacio le había devuelto la memoria y con el gastó sus últimos esfuerzos de vida, trató de contarle todo y enseñarle lo que pudo.

¡Ignacio!, le dijo, hoy aprendiste lo que mis padres me enseñaron… hoy te lo enseño a ti, vuelve al círculo y enseña a todos, así mi recuerdo siempre vivirá.

Ignacio entendió bien las palabras, sabía que no se volverían a encontrar.

La mañana llego muy rápido, los hombres verdes ya limpiaban todo a su alrededor, los amarrillos ya salían en sus embarcaciones y el viejo pelícano le daba las últimas instrucciones a su pupilo.

El viaje era largo, pero Ignacio tenía todo el deseo de regresar, la despedida fue emotiva tal como un padre despide a un hijo, Ignacio no se hizo esperar, el viento era favorable y sus alas se desplegaron a la primera ráfaga de viento que llegó con el calor de la mañana.

Sabemos que Ignacio regresó y les contó a todos su travesía, tuvo una gran familia y les enseñó a todos lo que con el viejo pelícano había aprendido.

Y si algunos no creen la historia a del viejo Nicanor, el pelícano nadador, deténgase un minuto frente al mar y verán siempre un grupo de pelícanos que surcan olas con gran habilidad, recordarán a Ignacio el pelícano y su travesía fuera del círculo marino de la pequeña bahía de la gran ciudad.


(*) Roberto Boyle es un tablista y dramaturgo que ha presentado diversas adaptaciones de obras teatrales para niños como Peter Pan, La Sirenita y Alicia en el País de las Maravillas. Amigo de la Escuela de Tabla Olas Perú, Roberto escribió este cuento para compartirlo con los alumnos de la Escuela en una expedición realizada este año a Cerro Azul.

 

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