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¿Mamá sobre una Longboard?
Autora: Claudia Campbell

Habían terminado las clases y mi preocupación era saber qué hacer con mis hijitas de 8 y 6 años de edad en el largo y tedioso verano que llegaba.

En mi subconsciente lo sabía, pero solo faltaba la decisión: ¡Clases de Surf en la Escuela de Tabla Olas Perú¡ Mis amigas me decían que estaba loca, (eso yo ya lo sabía), y que era un peligro, pero como siempre me ha importado muy poco el que dirán, comenzando el año, mis hijas y yo, tabla y wetsuit en mano, nos dirigimos hacia la playa para sus primeras clases.

Mi sorpresa fue enorme al ver que la misma habilidad que mis hijas presentan en tierra para los deportes se hacía presente una vez más y corrían las olas como si fuera su hábitat natural.

Yo por mi parte, me sentaba en la playa y además de achicharrarme y tomar un rápido bronceado, percibía algo que no me dejaba tranquila. Sentía que volvía 20 años atrás, a mi lejana juventud y a mi vida junto al mar, recordando a mis amigos surfistas y la buena onda que hay en estos grupos.

Sin embargo, me negaba a escuchar a mi yo interior y seguí sufriendo calladamente por unas semanas más, hasta que me decidí y me presenté en la playa con mi traje de agua de los años 90!!!!, ( todavía me quedaba, aunque no en la misma forma, mal que mal, ahora soy una mujer de 38 años y los años no pasan en vano).

Los profesores, con la mejor disposición, le explicaron a esta veterana, los pasos a seguir para poder entrar al mar y luego tratar de subirme a la tabla.

Después de un buen calentamiento, ¡al agua pato! , rumbo hacia el punto que me habían indicado. Mi cabeza explotaba tratando de explicarse que hacía yo ahí, si la tabla más cercana que tenía en mi vida era la tabla de planchar en mi casa, y sospechando que mi físico ya no me respondería y sería el hazme reír de todos.

Al llegar al point, ya estaba muerta de cansancio, y pensaba que no sería capaz de volver a entrar, pues mi brazos estaban rendidos. El profesor se me acercó y luego de recordarme las instrucciones, me hizo esperar la ola, ¡mi ola! y me dio el empujón inicial.

¡Dios mío!, ahí estaba yo solita, luchando contra el paso de los años y contra esa fuerza de la naturaleza que es el mar y lo hice. ¡Ahí iba yo!, la mamá de 38 años sobre la tabla, deslizándome en el mar, sobre una ola que me empujaba benevolentemente.

Nunca en toda mi vida voy a olvidar esa sensación, es una mezcla de libertad, locura, adrenalina de la más pura y felicidad.

Llegué a la orilla….mi corazón latía de emoción, lo había logrado y sentía cómo todos me daban más ánimo y se alegraban por mí. Yo grité al cielo para botar “eso” que llenaba mi cuerpo y me volví hacia ese generoso mar, que me había dado una experiencia fascinante para agradecerle.

Sí, aunque suene raro, se lo agradecí. Porque aunque seamos seres humanos -y los más inteligentes de la tierra-, no debemos olvidar que la naturaleza es muy superior “a” nosotros y que tiene la humildad de compartir “con” nosotros.

Luego, regresé una vez más al agua, sintiendo mis brazos adoloridos y comprobando que el cigarro me estaba pasando la cuenta, pero mi mente sólo repetía, ¡yo puedo!, ¡yo quiero! Porque además de estar divirtiéndome como nunca, mi meta también era volver a poner en forma mi cuerpo, darle musculatura, fuerza y belleza, porque el surf es un deporte completo. También quería compartir una actividad con mis hijas, como siempre lo hemos hecho, antes fue el Taekwondo, hoy es el Surf.

Es una actividad familiar, porque papá también participa cuando puede y lo curioso es que además de que estamos todos juntos, hemos encontrado otra familia que es la de los surfistas. Sin ellos no hubiéramos logrado nada, no sólo por sus conocimientos y profesionalismo, sino por su calidad de personas, su alegría, su buena onda y el gran espíritu que los une.

Me he caído muchas veces y me quedan muchas más, pero jamás he sentido que se han reído de mí, todo lo contrario, siempre están ahí para darme valor, hacerme ver mis errores y superarlos.

Tal vez no sea una Sofía Mulanovich (¡pero cómo me gustaría serlo!), sin embargo creo que la felicidad y satisfacción que siento deben ser muy parecidas a las que ella siente.

Por ahora me conformo con ir sobre la tabla y deslizarme, a lo que se le denomina “drop”, o doblar hacia la izquierda o derecha, que es un “bottom turn”, con dificultad, pero puedo.

Hoy y siempre he sido feliz con cosas muy simples y aunque mis hijas estén más al fondo que yo surfeando, con olas más grandes y en tabla de fibra, no me importa, ellas están felices de que su mamá esté cerca en su longboard, y que al término de la clase nos miremos y sepamos que sin mediar palabras hemos sentido y disfrutado de lo mismo.

Todo se acumulará para el baúl de los recuerdos, donde estarán “Muelas”, “El Colorado”, “Rodrigo”, “Harold”, “Tamil”, “Sebastián”, “Roger”, “Joaquín”, “Jerónimo”, “Loco Tubo”, “Alan”, incluido Don Hermógenes, que es el señor que nos cuida el auto y nos da agua para limpiar la tabla y los pies, para poder subirnos al carro e irnos a nuestra casa después de una agitada mañana.

Aquí yo no veo drogas ni alcohol, los profesores son jóvenes y los alumnos, niños y adolescentes, pues voy en ese horario, y si alguno ha participado de alguna fiesta la noche anterior, cosa que creo muy normal pues hay que disfrutar de la vida, tienen el profesionalismo de presentarse a su clase en las mejores condiciones físicas y con la mejor de las actitudes.

Con el surf he confirmado que no importa la edad sino tener el espíritu joven, la voluntad y las ganas de divertirse; y que tampoco importa que no pueda hacer piruetas con la tabla, lo que yo logro es suficiente para darme ánimos, seguir adelante y disfrutar.

Ayer miraba a los delfines jugar y cruzar las olas….hoy las comparto con ellos.

Cuando uno ve a los pelícanos en grupo, flotando hábil y elegantemente en el mar, esperando por su alimento, es imposible no dejar de pensar en los surfistas, sentados en su tabla, pacientemente esperando por la ola perfecta, que es su alimento y recompensa por el esfuerzo y la espera.

Si Tina Turner es la “abuela del rock”, espero que yo, Claudia Campbell, sea la “abuela del surf.”

Este testimonio probablemente lo leerán mayormente sólo jóvenes surfistas, pero yo los invito a que se lo muestren a sus padres… y por ahí ¿quién dice sino aparece otra mamá que quiera dejar lo cotidiano, olvidarse del almuerzo y de los problemas para empezar a compartir más con los hijos y ser ella y el mar?

No estaremos para siempre viviendo en este generoso Perú, pero tengan por seguro que donde estemos, los recordaremos eternamente. Siempre perteneceremos a la familia del surf y todos serán bienvenidos a nuestro hogar para devolverles lo que ustedes nos han brindado.

Muchas bendiciones, muchas Olas Perú y “Maitairua” (todo bien y buena onda en tahitiano).

 

 

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