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El Surf en la Literatura Peruana

“El mar es un alma que tuvimos, que no sabemos dónde está, que apenas recordamos nuestra –un alma que siempre es otra en cada uno de los malecones-.”

Martín Adán
“La casa de cartón”


La atracción que provoca el agua en movimiento, la respiración del mar traducida en suaves desplazamientos ondulatorios, los juegos de tajamares y pleamar, los cambios de marea y la sonrisa que las olas dibujaban en el rostro del océano fueron fuente de inspiración para muchos escritores peruanos del siglo XIX, pero había que esperar hasta 1928 para encontrar la primera mención explícita del arte de correr olas en las páginas de “La casa de cartón”, el alucinante libro del poeta barranquino Martín Adán.

Dice la leyenda que Martín Adán, cuyo verdadero nombre era Rafael de la Fuente Benavides, escribió la primera versión de “La casa de cartón” cuando tenía apenas 14 años, como parte de una composición que le encargó Luis Alberto Sánchez, su maestro en la Deutschen Schule. El joven poeta vivía entonces en Barranco, cuando Barranco era “una aldea de quinientas almas y un cura progresista”, y durante los veranos disfrutaba de las olas en los Baños de Barranco. Fue por ello que el mar se convirtió en uno de los principales protagonistas de su libro, que abunda en sensuales referencias marinas que nos permiten suponer la práctica de cierto arte de surcar olas. Entre ellas, por ejemplo, se habla de una señora, la madre de una de las amigas del protagonista del libro, y se la describe poéticamente en el acto de correr una ola en los Baños de Barranco:

“Nos bañábamos en la tarde y el mar, a la izquierda del poniente que disimulaba el muelle como algo prohibido por el municipio y que podía hacer clausurar el establecimiento. La mamá de Lalá se cogía de una ola deshecha de pleamar, ola forzuda, crinosa y torpe como un búfalo –en las espumas buscaba la señora una de sus manos que se llevaba la ola-.”

Y algunas páginas más adelante, cuando habla de la tía de Ramón:

“La tía de Ramón se bañaba largo. Con una mano gruesa, mojaba la gorra de trapo, y con la otra, domaba las olas.”

Mario Vargas Llosa, que vivió algunos años de su adolescencia en Miraflores, es quizá el escritor peruano que describió mejor que nadie el acto de correr olas en uno de sus cuentos más famosos: “Día domingo”. Este relato, incluido en “Los jefes” -el primer libro de Vargas Llosa, publicado en 1959- narra la rivalidad entre Miguel y Rubén por el amor de Flora. Se trata de un cuento de adolescentes ambientado en el Miraflores de los años cincuenta, y en él los dos antagonistas deciden entablar una serie de duelos para ver quien se queda con el amor de la muchacha. El primer desafío consiste en ver quién es capaz de resistir más tiempo tomando cerveza, y cuando esta batalla etílica termina en empate, deciden continuar el duelo por Flora con un reto inaudito: ver quién es el primero en llegar nadando hasta la reventazón de la playa de Miraflores.

El cuento está ambientado en pleno invierno limeño, y Vargas Llosa nos permite ser testigos del peligroso enfrentamiento entre los dos adolescentes que se han planteado el descabellado desafío de ingresar al mar completamente borrachos para ver quién es el primero en llegar a la reventazón y luego regresar a la orilla de piedras. Este relato, que merece ser leído por todas las personas que practican el surf, es uno de las más intensas narraciones de Vargas Llosa, y describe perfectamente mucha de las sensaciones que los surfers conocemos: el frío del mar en pleno invierno, el movimiento de las olas y por último, la sensación que transmite el acto de deslizarse sobre una montaña de agua en movimiento.

Si tomamos en cuenta que la explanada de la Costa Verde fue construida en los años sesenta y que el mar de Miraflores no estaba por entonces sembrado de rompeolas, comprenderemos que las olas reventaban en esos días mucho más adentro de lo que suelen reventar en nuestros días. Actualmente, durante un día de mar fuerte, la reventazón de Makaha estalla a unos quinientos metros de la orilla, pero antes, según los testimonios de tablistas peruanos de los años cuarenta como Carlos Origgi y Jorge Helguero, por ejemplo, las olas reventaban a más un kilómetro de distancia del lecho de piedras donde empezaba el acantilado. Prueba de ellos son las antiguas competencias de remada de mil metros que se realizaban en el Waikiki, donde los tablistas tenían que alcanzar una boya colocada a un kilómetro de la orilla para luego volver a la misma cabalgando sobre una ola. Sólo sabiendo esto podríamos ser capaces de apreciar la intensidad y el peligro que entraña el desafío que Miguel le hace a Rubén en el relato de Vargas Llosa. Sin embargo, para fines de nuestro propio relato, citaremos un solo fragmento, que a muchos les resultará más que familiar, ya que describe el momento en que Rubén se interna en el mar para luchar contra las olas:

“Un escalón más abajo, el cuerpo armonioso de Rubén se inclinó: tenso, aguardaba el final de la resaca y la llegada de la próxima ola, que venía sin bulla, airosamente, despidiendo por delante una bandada de trocitos de espuma. Cuando la cresta de la ola estuvo a dos metros de la escalera, Rubén se arrojó: los brazos como lanzas, los cabellos alborotados por la fuerza del impulso, su cuerpo cortó el aire rectamente y cayó sin doblarse, sin bajar la cabeza ni plegar las piernas, rebotó en la espuma, se hundió apenas y, de inmediato, aprovechando la marea, se deslizó hacia adentro; sus brazos aparecían y se hundían entre un burbujeo frenético y sus pies iban trazando una estela cuidadosa y muy veloz.”

Si así comienza el desafío, imagínense el resto del relato. La descripción que hace Vargas Llosa del encrespado mar de Miraflores es absolutamente realista y plantea una situación dramática que va en ascenso hasta que Rubén empieza a ahogarse y es rescatado por Miguel. Sin embargo, la mención más explícita que hace el escritor peruano del arte de surcar olas a pecho no se encuentra en este relato, sino en “Los cachorros”, publicado en 1967. Esta novela corta narra la vida de Pichula Cuéllar, un estudiante del Champagnat que a los ocho años de edad es atacado en el colegio por un feroz perro llamado Judas, sufriendo la mutilación del miembro viril. El tema de la castración es un referente constante en la obra de Vargas Llosa, pero en “Los cachorros” es llevado hasta sus últimas consecuencias cuando se narra la infortunada vida de Pichula Cuéllar y el problema psicológico que su castración supone. Ante la imposibilidad de llevar una vida sexual normal, Cuéllar se enfrenta a innumerables peligros para llamar la atención de las chicas, y luego de pasar por la fiebre del automovilismo callejero llega a la sublimación de correr olones en La Herradura:

“Entonces Pichula Cuellar volvió a las andadas. Qué bárbaro, decía Lalo, ¿corrió olas en Semana Santa? Y Chingolo: olas no, olones de cinco metros hermano, hermano, así de grandes, de diez metros. Y Choto: hacían un ruido bestial, llegaban hasta las carpas, Y Chabuca más, hasta el Malecón, salpicaban los autos de la pista y, claro, nadie se bañaba. ¿Lo había hecho para que lo viera Teresita Arrarte?, sí, ¿para dejarlo mal al enamorado?, sí. Por supuesto, como diciéndole Tere fíjate a lo que me atrevo y Cachito a nada. ¿así que era tan nadador?, se remoja en la orillita como las mujeres y las criaturas, fíjate a quién te has perdido, qué bárbaro.”

El resto del relato narra con lujo de detalles las proezas de Cuéllar en los olones de La Herradura, y aunque es seguro que Vargas Llosa no corría olas, al menos su relato sirve como testimonio de que esta práctica era bastante común en los años cincuenta y sesenta. Más adelante, el escritor se volvería en contra de los tablistas para burlarse del surf en la figura de Juan, personaje de la pieza teatral titulada “Kathie y el hipopótamo”, un superfluo personaje que solamente piensa en las olas que ha corrido y que seguirá corriendo en Miraflores, Hawai, Australia, Indonesia y Sudáfrica. La obra fue publicada en 1984 y muestra un alejamiento progresivo de la imagen del surf que tuvo Vargas Llosa, pasando gradualmente desde cierto grado de admiración en “Día domingo” hasta la caricatura y la burla explícita en “Kathie y el hipopótamo”. Veamos un fragmento de la obra:

SANTIAGO (Mirando por fin a Juan, como si lo estuviera creando con la mirada)

¿Realmente dedicaba su vida a correr olas? ¿No le daba vergüenza?

JUAN (Mientras corre tabla. Hace equilibrio, rema con las manos, se ladea para hacer contrapeso mientras las olas lo arrastran, lo suben, lo bajan)

¿Vergüenza? Al contrario. Me da orgullo, me gusta, me pone feliz. ¿Por qué me daría vergüenza? ¿Qué tiene el surf de malo? ¿Qué tiene de malo hacer tabla en Miraflores, en Hawai, en Australia, en Indonesia, en Sudáfrica? ¡Es lo más formidable que hay! Entro al agua despacito, deslizándome, burlando las olas, me zambullo, las corto, las cruzo, las amanso, entro, entro empujado por la resaca hasta los grandes tumbos, después de la reventazón. Me monto sobre la tabla y, como un jinete que espera el disparo de la partida, voy calculando, midiendo, adivinando. ¿Cuál de esas arruguitas crecerá y crecerá y será la buena ola para bajar? ¡Ésa! ¡Ésa es! ¡Qué nervios! ¡Qué cosquillas en los músculos! ¡Qué locura del corazón! Pum, pum, pum. ¡No pierdas ni un segundo, Johnny! Me coloco en posición, espero, ahora, un manazo en el agua, ya está, me pescó, me arrastra, la agarré justito antes de reventar, salto, me levanto, me estiro, me encojo, me estiro, ahora todo es cintura, equilibrio, resistencia, inteligencia, experiencia. ¡A mí no me tumbas tú, olita! He bajado olas que podían quebrar un rascacielos, he hecho el túnel en olas que parecían cataratas, cavernas, montañas, he corrido olas que, si hubiera perdido el equilibrio, me hubieran deshecho, descoyuntado, apachurrado. He bajado olas entre arrecifes de coral, en mares con tintoreras y tiburones. Cien veces he estado a punto de ahogarme, de volverme sordo, de quedar tullido. He ganado campeonatos de surf en cuatro continentes y si no gané en Europa es porque las olas de Europa son una caquita para el surf. ¿Por qué me daría vergüenza?

Como vemos, la parodia del surfista como una especie de parásito social puede llegar a rastrearse en la obra de escritores tan serios como Vargas Llosa, pero también está presente en los libros de escritores tan jocosos como Alfredo Bryce Echenique. Una de las joyas de este hilarante escritor es el relato llamado “Baby Schiaffino”, incluido en el volumen de cuentos titulado “La felicidad ja ja” que Bryce publicó en 1974. En dicho relato, la deliciosa Baby Schiaffino visita asiduamente la playa de La Herradura, provocando silenciosos infartos entre los bañistas y desdeñadas demostraciones de vigor entre los que inútilmente querían atraer su atención corriendo olas a pecho.

Por último, tenemos el caso de escritor Fernando Ampuero, cuya primera novela llamada “Mamotreto” fue escrita durante un prolongado surfari en las islas Galápagos. En esta novela experimental, que ha sido excluida voluntariamente por el mismo Ampuero de su bibliografía, se narran varias sesiones de paradisíaco surf. Pero es en uno de los relatos incluidos en el libro “Malos modales”, de 1994, donde Ampuero aprende a esbozar la primera imagen de un tablista digno. El relato se llama “Pánico en la clínica de tartamudos”, y culmina con la detallada relación de una épica sesión en Pico Alto. Lectura obligatoria para todo tablista que se precie de serlo.

Como vemos, la imagen del surfista en la literatura peruana ha ido evolucionando a través del tiempo, pasando del pintoresco esbozo poético en el caso de Martín Adán hasta la exaltación heroica en el caso de Ampuero. Ni siquiera escritores tan grandes como Vargas Llosa y Bryce han sido ajenos a su influjo, y cabe esperar la llegada de un tiempo en que la literatura peruana logre comprender la verdadera esencia mística del surf para lograr una obra que esté a la altura del tema.

¿Alguien se anima?
 

 

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