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Blue Crush: La revolución femenina del surf

Blue Crush no es la primera película comercial dedicada al surf. Otras anteriores como “Punto de Quiebre” ya mostraron la realidad del mundo surfista y sus códigos. Sin embargo, Blue Crush aparece como una propuesta muy novedosa, y esto es por varias razones. La principal es la elección del enfoque: si bien es cierto que se trata de surf, no se trata de él de manera general, sino exclusivamente de la participación de las mujeres en este deporte. La película se adecua entonces a uno de los fenómenos que está transformando el mundo surfista, si no es que ya lo transformó, un fenómeno que podríamos llamar “la revolución de femenina del surf”, una revolución cuya muestra más palpable es la triunfal carrera de la peruana Sofía Mulanovich.

Blue Crush es una película ambientada en el North Shore de O´ahu, las siete millas de playa más prodigiosas del planeta, a cuya extensión revientan las legendarias olas de Pipeline, Sunset Beach y Haleiwa. Desde el inicio, la película nos muestra a un grupo de tres amigas, las surfer girls Anne Marie Chatwick (la actriz californiana Kate Bosworth), Eden (la actriz texana de origen latino Michelle Rodríguez) y Lena (la modelo hawaiana Sanoe Lake, hija de la campeona de surfing Laola Lake), que de día trabajan como mucamas en un hotel para dedicar el resto de su tiempo libre enteramente al surf. La cinta enfoca globalmente la historia de estas tres surfistas locales de O´ahu , pero se centra principalmente en la vida de Anne Marie, ya que ella está entrenando y preparándose para regresar a competir en Pipeline, luego de que accidente ocurrido tres años atrás mientras surfeaba en la misma playa, estuvo a punto de ahogarla.

Todos sabemos que Pipeline es una de las mejores olas del planeta, pero también sabemos que es la más peligrosa de todas. Las estadísticas del departamento de salvavidas de O´ahu indican que Pipeline ha cobrado más víctimas mortales que el resto de playas del mundo unidas, y esto es absolutamente cierto, ya que sobre el reef en el que estalla la poderosa detonación hawaiana, más de uno ha corrido la última ola de su vida. El escenario donde todos los años se desarrolla el Banzai Pipeline Masters es el ambiente adecuado para que la película gire en torno a la vida de la surfista Anne Marie, a sus matinales sesiones de entrenamiento, la relación que lleva con sus amigas y el conflicto que tiene con su hermana menor Penny (la pequeña actriz finlandesa Mika Boorem) desde que ambas fueran abandonadas por su madre. Anne Marie está a cargo de Penny y lleva una buena relación con sus amigas, faltan siete días para el Pipeline Masters y las buenas olas están entrando en O´ahu cuando la película es brutalmente perturbada por la aparición de Matthew Davis (Matt Tollman), un futbolista de vacaciones en Hawai con quien Marie tendrá un romance que resulta ser una de las mayores incoherencias de la película. Es inverosímil que una deportista de tan alto nivel deje de entrenar y abandone el surf faltando tan pocos días para un campeonato de tanta importancia como el Pipeline Mastes: el lado romántico de la película resulta completamente superfluo y le resta fuerza a la trama.

Sin embargo, Blue Crush tiene varios méritos, el más importante de los cuales es la presentación a nivel masivo del mundo surfista, que vuelve la película interesante para los aficionados así como los profanos del deporte. Las técnicas cinematográficas utilizadas hacen de la película un verdadero regalo para los ojos. John Stockwell, el mismo director de las taquilleras “Top Gun” y “Christine”, nos ofrece vistas impresionantes del paraíso hawaiano y de sus playas en varios momentos del día, desde el amanecer hasta la puesta de sol, y las espectaculares tomas aéreas permiten que el espectador disfrute y sienta gigantesca fuerza y tamaño de las olas de Pipeline, que llegan a medir más de cuatro metros de altura. Esto la diferencia a Blue Crush de las demás películas comerciales realizadas sobre el surfing, ya que logra hacer vivir al espectador el lado peligroso del deporte. Las tomas subacuáticas son también dignas de interés, y la mayoría de ellas están dedicadas al trauma que tiene Anne Marie por su accidente. Los movimientos de cámara bajo el agua, así como su repetición a lo largo de la película transmiten perfectamente la sensación de riesgo inherente al deporte, y logran explicar muy bien los temores de Anne Marie.

Además, Blue Crush ofrece una visión rápida de los códigos y ritos del mundo surfista y permite un acercamiento a su realidad, que puede aparecer como una rareza para los ojos profanos. Uno de los estereotipos aprovechados por la cinta es la descripción del mundo de drogas y alcohol en el que cae la pequeña Penny. Sin embargo, los ritos dentro del agua resultan mucho más interesantes. La noción de propiedad de ola es notable, ya que algunas playas están reservadas para los surfers locales y el acceso a ellas está, más por costumbre que por ley, prohibido para los extranjeros. Blue Crush ofrece además una buena cantidad de escenas espectaculares gracias a que muchas surfistas que compiten en el WCT de la vida real como Keala Kennelly, Kate Skarrat, Rochelle Ballard, Layne Beachley y Megan Abubo le otorgan a la cinta un realismo impecable. Se ilustra también la jerarquía que impera en el acceso a las olas desde el inicio mismo de la película, cuando los amigos de Anne Marie le abren paso y bloquean a los demás tablistas para que ella pueda agarrar una ola agresivo e hiper poblado en el point de Pipeline.

La escena de solidaridad durante las eliminatorias del Pipeline Masters entre Anne Marie y la surfista hawaiana Keala Kennelly (interpretándose a sí misma como una eximia corredora de ola grande) es también muy representativa, ya que la famosa campeona del Tahiti WCT del 2000 ayuda a la protagonista a sobreponerse a sus temores infundiéndole confianza y guiándola hacia el punto preciso donde Anne Marie puede tomar la ola perfecta, la ola de portada. Se muestra claramente un código de olas donde las relaciones de dominación hombre/mujer son también un elemento destacable: el mundo de este deporte, como muchos otros, aparece en un entorno bastante machista expresado por la frase de Tamayo Perry: “Las chicas no pueden correr el Pipe”.

En realidad, el interés principal de la película se encuentra en este tema, porque subraya las dificultades a las que tiene que enfrentarse una chica que quiere correr olas y los obstáculos que vienen de su condición de mujer. Anne Marie no sólo es una surfista, sino que se ve obligada a asumir el papel de “hermana-madre” frente a Penny, reemplazando a una madre desnaturalizada e irresponsable que las ha abandonado a su suerte. La protagonista debe además enfrentarse al entorno machista del surf, donde los retos son sumamente constantes, así como los códigos que llevan en ellos una huella muy masculina. En este sentido, Blue Crush ilustra lo que hemos llamado la revolución femenina del surf, pues asistimos en varias ocasiones al intenso entrenamiento al que debe someterse la joven deportista: un mismo entrenamiento para un mismo nivel. Al igual que los hombres, Anne Marie enfrenta los mismos esfuerzos físicos y los mismos peligros dentro del agua, probando su valentía ante los ojos de todos durante el campeonato, donde, si bien es cierto que resulta descalificada, obtiene la posibilidad de aparecer fotografiada en la portada de una revista y el auspicio de marcas que podrán ayudarla económicamente en su desarrollo profesional como deportista.

Lo interesante de Blue Crush, y lo que quizá sea uno de sus mayores logros, es que Anne Marie sigue siendo una mujer. Primero, físicamente, ya que durante toda la película disfrutamos la belleza y sensualidad natural de la actriz Kate Bosworth, cuya silueta femenina es el protector de pantalla en las computadoras de varios surfistas alrededor del mundo. Luego, sicológicamente, puesto que su sensibilidad sumamente femenina nunca la abandona, así se trate de su romance con el futbolista, su relación con su hermana Penny o el trauma que no deja de perseguirla. La conclusión es que las mujeres surfistas son más que capaces de alcanzar altos niveles de competición guardando y asumiendo una de sus mayores fuerzas, su sensibilidad.
 

 

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