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La Hora Azul: El arte de surfear de madrugada

Por: Óscar Tramontana Figallo

"No existe en el mundo placer que se compare al deleite de surcar olas cuando amanece. El mar se manifiesta en todo el esplendor de su portentosa naturaleza y es entonces cuando comprendo por qué mis ancestros consideraban el he´enalu como una práctica religiosa".

Duke Kahanamoku
Entrevista para Surfer Magazine
Diciembre de 1954

La hora azul es uno de los fenómenos naturales más impresionantes que puede experimentar el ser humano y, sin duda alguna, uno de los momentos más mágicos del día. Pocos, sin embargo, se animan a disfrutarla en toda la amplitud de su generoso esplendor, pues la hora azul es un prodigio que ocurre en el momento preciso en que la oscuridad de la noche deja paso a la luz del día, cuando la gran mayoría de personas se halla todavía durmiendo o en trance de despertar, y aunque a veces dura pocos minutos, su majestuosidad hace que el hombre sienta un fuerte contacto espiritual con la naturaleza, especialmente con el mar. En el verano limeño, la hora azul empieza alrededor de las 5:15 de la madrugada, cuando la ciudad duerme y la multitud descansa, y es quizá el mejor momento para correr olas, no sólo por el intenso placer que supone estar en el mar a esa hora, sino también porque son muy pocos los que se aventuran a madrugar para llegar al corazón de las rompientes tan temprano. Conozco a muchas personas que han dejado de correr olas desde que empezaron a trabajar con horario de oficina, y a muchas otras que han abandonado el deporte pues consideran que en estos días hay demasiado gente en el agua como para disfrutar de una buena sesión de surf. Quizá esto se deba a que esas personas ignoran que durante la hora azul el mar se presenta como uno de los mejores escenarios para surcar olas, y también porque tal vez no sepan que existen muy pocos placeres que puedan compararse al deleite de surcar olas al amanecer, como decía el gran Duke Kahanamoku, padre del surfing moderno.

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Son las 4:30 de la madrugada y el reloj despertador suena en medio del silencio de la noche. Salto de la cama para encender la luz del cuarto y encuentro todo preparado para un nuevo encuentro con el mar. Sin perder el tiempo, devoro una manzana mientras busco las llaves y salgo de la casa para cargar todas mis cosas en la camioneta, cuando aparece mi amigo Pablo, el “Pampillero Viejo”, trayendo consigo su nueva tabla hecha a la medida. Cuando todo está listo, enciendo la camioneta y enrumbamos hacia La Pampilla. Son las 4:45 am y manejo con cuidado mientras descendemos por la quebrada de Armendáriz. Un silencio repentino nos envuelve cuando llegamos a ese punto en que el mar se deja ver desde la quebrada, y un aullido de eufórico placer brota de nuestras gargantas cuando vemos las líneas de espuma blanca reventando en la Costa Verde. Mientras seguimos en la ruta, vemos olas en Redondo, en la reventazón de Makaha y, finalmente, una ordenada serie de olas de metro y medio estallando armoniosamente en La Pampilla.

A las 5 en punto de la madrugada, luego de estirar los músculos y encerar las tablas, ya estamos en el agua, remando. No corre mucho viento y el mar está glass, aunque el agua está un poco fría. Hemos sido los primeros en entrar al mar y es aún de noche, pero los postes de iluminación de la Costa Verde nos ayudan a adivinar la presencia de las rápidas ondas marinas levantándose sobre la superficie del mar, rugiendo como bestias salvajes huyendo en estampida. Llegamos al corazón de la rompiente a las 5:10 am y aún está oscuro, aunque la luna en cuarto menguante ilumina vagamente la noche que se despide para dar paso a los primeros indicios de luz solar. A las 5:12 am, un rizo de agua se despeña a tres metros de distancia y atrapo mi primera ola, aún de noche. La visibilidad es mínima y tengo que interpretar la fuerza de la ola bajo mis pies para adivinar la siguiente maniobra que me permita seguir mi recorrido. Faltan dos minutos para la hora azul cuando llego a la orilla de piedras luego de haber recorrido más de cien metros sobre el lomo de la ola, y mientras regreso al point, veo a mi amigo Pablo cogiendo su primera ola, también de noche, justo cuando en la orilla comienzan a distinguirse los faros de los primeros autos que se estacionan al lado de mi camioneta e iluminan al “Pampillero Viejo” haciendo un roller contra su lado.

En lo más alto del cielo, una creciente luminosidad hace retroceder las sombras de la noche creando un ámbito irreal. La hora azul durará apenas diez o quince minutos, y el mar agradece esa presencia reflejando en sus ondas el color azul metálico del cielo. Las estrellas van desapareciendo una a una hasta dejar a Venus brillando intensamente, como el último vestigio de la noche constelada que se despide. El cuerno de la luna se hace cada vez menos visible, mientras en la superficie del mar empieza a manifestarse la presencia de los primeros peces que, ávidos de alimento, surcan el agua muy cerca de nosotros. Algunos de ellos saltan de puro contento celebrando la llegada del nuevo día, y es agradable ver sus escamas plateadas reflejando por un instante nuestras ávidas miradas de jinetes insomnes. Los súbitos movimientos a ras del agua de los peces más grandes escoltan nuestro avance hacia la rompiente, mientras el rostro mofletudo y bigotón de un lobo marino emerge del agua para mirarnos como quién dice ¿y éstos, qué diablos hacen aquí a estas horas? Por un instante, las aguas parecen detener su eterno movimiento y seguimos solos en el agua, mientras los demás surfistas se preparan para entrar. Todos ellos saben que La Pampilla se llenará de gente en las siguientes horas, y como nosotros, han madrugado para poder correr algunas olas antes que llegue el inevitable crowd del verano. Aún somos pocos y hay olas para todos, cuando la hora azul se manifiesta en todo su esplendor y bajo su misteriosa luz distinguimos gaviotas, pelícanos, cormoranes y patillos surcando el mar en busca de los matutinos peces que se agitan y remueven en la superficie del agua.

La silueta de los botes artesanales se distingue mar adentro, mientras sueltan sus redes en busca de la pesca cotidiana. Junto a ellos, somos los únicos seres humanos en el agua, y mientras ellos pescan su alimento diario, nosotros pescamos olas, nuestro propio alimento espiritual. Porque hay algo inexplicable en el hecho de haber madrugado para poder estar aquí, en el corazón mismo de la rompiente, mientras la hora azul se manifiesta con toda su magia marcando el límite que separa al día de la noche. Antes de que nuestros hermanos de olas lleguen al point, logramos atrapar algunas cuantas olas más, y cuando finalmente nos alcanzan, comienzan los saludos, los comentarios, las bromas, y todos sabemos que somos parte de una privilegiada hermandad. Hasta las seis y media de la mañana, La Pampilla recibirá en sus aguas a los más fieles tablistas de Lima, aquellos que aprovechan la hora azul para poder correr algunas olas antes de irse a trabajar con una sonrisa de oreja a oreja.

Las series de olas siguen entrando y apenas somos diez personas en el agua, disfrutando de las buenas condiciones que el mar ha presentado en este día. A las seis y media, ya somos veinte en el agua, y así, hasta las 6:45, cuando Pablo y yo salimos tras haber atrapado una docena de olas cada uno. Mientras nos cambiamos para regresar a casa nos dan las 7 de la mañana, y logramos distinguir a más treinta personas luchando por las olas, y sabemos que a medida que la hora avance, serán cuarenta, cincuenta, sesenta, hasta que el crowd se haga duro de llevar. A lo largo del día, longboards, bodyboards, funboards y tablas de todos los tamaños, formas y colores llegarán en oleadas de una marejada humana para poblar y prácticamente saturar la clásica y fiel rompiente miraflorina.

El tío Aquilino y su compadre Julio reciben su merecida propina por habernos cuidado la camioneta, ellos han bajado hasta la orilla a las 5:30 am y nos dan sus propios reportes del mar, a veces tan exactos como los nuestros pues no en vano llevan más de diez años cuidando a los tablistas en La Pampilla, Punta Roquitas y playas aledañas. Hace un mes, divisaron a lo lejos una camioneta de la cual descendían cinco maleantes para romper la luna de una Suzuki Vitara y llevarse toda la ropa de unos amigos. Apuntaron la placa y le pasaron el dato a los guardianes de Serenazgo, quienes dos días después atraparon a los delincuentes para conducirlos a prisión. Por eso, cuando les damos su luca a cada uno, pensamos que no hay dinero mejor invertido que ése, y mientras emprendemos el camino de regreso, sabemos que no habrá problemas en el trabajo, que tendremos una energía que nuestros compañeros serán incapaces de comprender, sabemos que ha valido la pena despertarnos tan temprano porque ese contacto con el océano es parte esencial de nuestras vidas, y sabemos que mañana, si el mar vuelve a presentar buenas condiciones, el reloj despertador sonará nuevamente para decirnos que ya es hora de ir a correr olas, que ya es tiempo de empezar con alegría el nuevo día porque se acerca, mágica y misteriosa, la hora azul.



 

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