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Gajes del oficio

Alguna vez un amigo bodyboarder comentó algo sorprendido cómo asi uno podía pasar largas horas transportándose a la playa, buscando la mejor rompiente del día, relojeando en un carro (con el consecuente gasto de gasolina) o viajando incómodamente en un bus, para correr durante un lapso de tiempo en el mar (corto o largo, según la cantidad de entradas), que juntando los segundos de recorrido de cada ola no hacían más que unos minutos de surfing efectivo. Cuando uno está en el maleño, en el moradito-cementerio (la 10) que te lleva al óvalo Pardo o en el Lima-San Bartolo, impaciente por correr, los chancays, las gelatinas bicolor, las habas y maníes, y los predicadores del transporte público (ya sean vendedores de productos golosinarios, presos recién saliditos de Luri en busca su colaboración o niños cantores de Breña) son pan de cada día, y uno termina por acostumbrarse a este entorno folklórico y poco confortable en aras de procurarse una buena sesión, aunque le cueste a uno una quilla chancada por un saco de papas o un medio pasaje para la tabla porque ahí entran 5 pé chino. Y sin embargo, el surf siempre paga: basta con llegar a Puerto Nuevo y ganarte en el early previa lata de un kilómetro desde la carretera, o chequear todo el sur para encontrar que el último recurso (sea cual fuese) funciona a la perfección -a pesar de que te gastaste la plata de toda la semana en echarle 30 lucas de gas a la caña para ver si La Ensenada saca-. Esa es, definitivamente, una de las bondades de este deporte. Nadie niega que uno también se pela con roche y termina en una tertulia mismo tías en el point cuando está flat, pero un buen tubo que te deja extasiado paga con creces todo el trajín previo. Segundos que valen oro: el tiempo recorrido en una ola se expande mientras uno se divierte leyendo la forma, y ya no importan los erizos, los picos de loro, el agua helada, el crowd, las bolsas y botellas de plástico, las malaguas o los educadores patos, la cuestión es que de pronto uno realizó una serie de acciones (que por muchas que sean, nunca son demasiadas) para poder sacarle el jugo a esos segundos, acumular unos cuantos minutos de surf durante el día y regresar a la jato de noche, machetazo, con hambre, a ver cualquier tontería en la tv, claro que con una sonrisa de oreja a oreja y siempre con ganas de repetir la faena.


Jordi Valdivia

 

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