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El Artesano Silencioso
13/mar/2014 / Autor: Oriana Lerner

Carlos Alvitez hace quías hace siete años. Su taller está dentro de su casa en Barranco. No usa máquinas, las hace con las manos que además le sirven para hablar. Ser sordomudo de nacimiento no es para él un impedimento.

Carlos (41) tiene siete hermanos y tres de ellos son sordomudos. Querían ir al colegio pero por aquellos años 80 no encontraron ninguno que los acogiera. Crecieron juntos en casa, donde pasaban la mayor parte del día. Se las apañaban para ocupar su tiempo arreglando bicicletas y haciendo trabajos de jardinería. Entre ellos, inventaron su propio lenguaje de señas. Para comunicarse con su padre, hacían dibujos en la tierra o formaban letras con las manos. Recién a los 14 años ingresaron al colegio Inmaculada en Barranco, a pocas cuadras de casa. Ahí Carlos aprendió el lenguaje de signos oficial, empezó a tener amigos como él con quienes era fácil comunicarse. El problema surgía cuando tenía que entablar comunicación con el mundo exterior o con "los oyentes", como él nos llama. Durante la época del colegio también aprendió a amar. Conoció a María, su actual esposa, quien también pertenece a su silencioso mundo. Estuvo dos años en el colegio y al salir encontró trabajo en la empresa DISAL. "A veces lo hacían manejar. Para él fue más difícil porque tenía que prestar mucha más atención. Pero la ventaja era que no se atormentaba con ninguna bocina ni con los ruidos callejeros", dice Luis, hijo mayor de Carlos, mientras va explicando lo que las manos de su padre le dicen.

La historia de Carlos no podría escribirse sin que Luis esté presente. A pesar de no ser biológico, Luis es un hijo sumamente fiel y admirable; es la sombra de Carlos a donde quiera que vaya. Pero enterarse que sus padres eran sordomudos le costó mucho tiempo.  De pequeño, cuando empezaba a decir sus primeras palabras,  Luis no veía ni oía respuesta alguna de sus padres y pensaba que simplemente ellos no le hacían caso. Hasta que se dio cuenta que Luis y mama María no hablaban con la boca, lo hacían con las manos. Con tan solo nueve años, Luis aprendió los signos que ahora son los lazos de unión entre él y su padre.

TODOS SOMOS IGUALES BAJO EL SOL

Carlos y Luis solían ir a la playa Makaha en la Costa Verde para ver los campeonatos de tabla. Iban en bici y se quedaban horas conversando con los veraneantes y surfistas. Así conocieron a Wayo Whilar,  personaje legendario del surf y pionero en la fabricación de tablas en Perú. Wayo contrató a Carlos para que lo ayudara a limpiar el taller y parchar tablas. Carlos quedó fascinado con el mundo del surf. No sabía correr tabla, pero él era el artesano que las moldeaba. Tiempo después, Carlos se independizó y este año cumple siete como "el creador de las quías a mano" o simplemente, "Las Quías Alvitez". Instaló su taller en una pequeña esquina de su casa y  ahora se pasa todo el día ahí. "Trabaja día y noche, para mi papá no hay feriados", dice Luis.

La característica que marca la diferencia de las quías de Carlos es que él no utiliza ninguna máquina para hacerlas. Son sus manos las que las moldean y son verdaderamente suaves. Usa un molde especial (ni él sabe de qué material esta hecho, quizás esto sea el secreto), ahí vierte un líquido, lo cataliza y en pocos minutos, toma una consistencia dura. Pone la fibra de vidrio, la resina y la quía ya está casi lista. Si el cliente lo pide, hay la opción de poner una tela de estilo hawaiano. Finalmente, la lija, echa una mano de pintura y en media hora esta lista. Hace seis juegos en un día y cada uno lo vende a 35 soles. Carlos recuerda que al inicio no tenía muchos clientes porque algunos pensaban que las quías eran robadas o usadas pero poco a poco fue ganando más seguidores quienes dan prueba de la buena calidad de su trabajo. Ahora, vende sus quías a grandes marcas como O'Neill, Klimax, Lost, Dakine, Big Head, Huntington, entre otras.

Por las mañanas Carlos lee el periódico y luego se instala en su taller. Vive tranquilo y sobretodo se nota que es feliz. La unión familiar de Los Alvitez es única. A pesar de que sólo Luis y su hermana Ashley (12) pueden hablar y escuchar, la comunicación entre todos sigue funcionando de manera constante. No hay límites para ellos. Cuando se sientan a comer en la mesa, Carlos cuenta chistes que horas antes Luis le contó. En la sobre mesa el silencio reina en el ambiente pero las sonrisas lo dicen todo.

 

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